Hay días en los que abrimos el refrigerador una y otra vez, aunque sabemos que nada ha cambiado desde la última vez que lo hicimos. No siempre buscamos comida.
A veces buscamos un descanso, una distracción, un poco de calma después de un día difícil. En consulta y en los talleres suelo escuchar frases como:
"No tenía hambre… pero sentía que necesitaba comer algo".
"Cuando llego del trabajo, lo único que quiero es abrir una bolsa de papas y olvidarme del día".
"Después me siento culpable, pero en ese momento era lo único que me hacía sentir mejor".
A eso solemos llamarle hambre emocional: cuando utilizamos la comida para aliviar emociones más que para responder a una necesidad física. No significa que haya algo «mal» con nosotros; significa que somos seres humanos intentando manejar el estrés, la tristeza, el aburrimiento, la ansiedad o la soledad con las herramientas que tenemos disponibles.
La comida no es el problema. Comer también es celebrar, convivir, recordar y disfrutar. El problema aparece cuando se convierte en la única respuesta para todo lo que sentimos.
Con frecuencia creemos que todo se reduce a la fuerza de voluntad, pero pocas veces nos preguntamos qué está pasando en nuestra vida.
«Es que llevo semanas durmiendo mal».
«No había tenido tiempo ni de sentarme cinco minutos».
«Todo el día estoy resolviendo problemas de los demás».
Quizá el cuerpo no siempre está pidiendo comida. A veces está pidiendo descanso, compañía, afecto o un momento para respirar.
Por eso la pregunta más importante no siempre es: «¿Qué se me antoja comer?», sino «¿Qué necesito realmente en este momento?»
Tal vez la respuesta siga siendo comer, porque el hambre física también existe y merece ser atendida. Pero otras veces lo que necesitamos es dormir un poco más, hablar con alguien, salir a caminar, poner un límite o simplemente aceptar que hoy fue un día difícil.
Escuchar nuestras emociones no significa dejar de disfrutar la comida. Significa dejar de pedirle que resuelva aquello que sólo puede sanar cuando nos escuchamos con mayor atención. El hambre más difícil de satisfacer no siempre nace en el estómago. A veces nace en una parte de nosotros que lleva demasiado tiempo esperando ser escuchada.
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