Mar. Abr 28th, 2026
Hay preguntas que me acompañan en silencio… porque tocan un lugar que pocas veces se nombra.

¿Quién sostiene al terapeuta cuando el caso se vuelve emocionalmente pesado? ¿Con quién hablo de ese caso que no me deja tranquilo al terminar la sesión? ¿A quién recurro cuando necesito una segunda mirada profesional?

Y detrás de estas preguntas hay una verdad que he confirmado una y otra vez en mi práctica: quienes acompañamos procesos emocionales también sentimos, también dudamos, también nos cansamos… y también necesitamos ser acompañados.

Hoy quiero llevarte a reflexionar sobre esto desde el otro lado del sillón. Quiero llevarte a ese momento en el que alguien llega a terapia —muchas veces sin saber exactamente por qué— y lo primero que dice no se queda solamente en la teoría, ni en el diagnóstico… sino que es una muestra de su vida.

He escuchado frases como:

“Es que ya no sé qué me pasa, pero sé que algo no está bien”. 
“Siento que puedo con todo… pero ya estoy cansado”.
“No quiero preocupar a nadie, por eso no digo nada”.
“Todo está bien en mi vida… entonces no entiendo por qué me siento así”.
“Siempre soy fuerte para todos… pero yo, ¿con quién?”.
“Me enojo por cosas pequeñas y luego me siento peor”.
“Quiero cambiar, pero no sé por dónde empezar”.
“Hay cosas que nunca he podido decir en voz alta”.
“Me da miedo abrir esto… pero más miedo me da seguir igual”.

Y en esas frases —tan simples, tan cotidianas— reconozco algo profundamente humano: el deseo de entenderse, de dejar de cargar solo, de sentirse mejor sin tener que fingir que todo está bien.

He aprendido que vivimos en una cultura donde todavía se cree que ir a terapia es solo para quien “está mal”. Pero la realidad es mucho más profunda y, al mismo tiempo, mucho más cercana: la terapia no es un recurso de emergencia, es un espacio de cuidado.

Porque hay momentos en la vida en los que te descubres repitiendo patrones que no entiendes. Momentos en los que sientes que haces lo mejor que puedes… pero no es suficiente para sentirte en paz.

Y, aunque la terapia no precisa de una crisis, es ahí donde se vuelve una posibilidad concreta.

Desde mi experiencia, ir a terapia no es señal de debilidad, a pesar de que muchas veces así se sienta o se perciba. Es, en muchos casos, un acto de responsabilidad emocional. Es elegir no cargar solo con lo que pesa.

A veces se piensa que el terapeuta tiene todas las respuestas. Pero yo cuando acompaño desde esta profesión, lejos de tener todas las respuestas: observo, devuelvo, cuestiono… y, sobre todo, procuro crear un espacio donde la otra persona pueda encontrarse consigo misma de una manera distinta.

Y ese espacio —bien acompañado— puede cambiarlo todo.

Porque estar en terapia no se trata solamente de hablar, o contarle a alguien tus problemas y preocupaciones, se trata de comprender. De ponerle nombre a lo que antes era confuso. De dejar de sobrevivir en automático y empezar a elegir con mayor conciencia.

Y sí, también se trata de no estar solo.

Si incluso quienes acompañamos a otros necesitamos espacios de supervisión, de escucha y de sostén… ¿por qué tú tendrías que hacerlo todo sin ayuda?

Ir a terapia no significa que algo esté mal contigo. Lo que sí significa es que estás dispuesto a hacer algo distinto con lo que te pasa.

El crecimiento en Mérida muchas veces trae retos emocionales que no sabemos cómo afrontar, y espacios como la terapia se vuelven una necesidad para contar con herramientas que nos permitan vivir estos cambios.

Yo lo veo todos los días en consulta.

Personas que no estaban “rotas”… solo estaban cansadas de sostenerse solas. Porque al final, la pregunta no es si puedes solo. La pregunta es: ¿por qué tendrías que hacerlo así?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *