El silbatazo final suena. Unos celebran y otros bajan la mirada. Algunos se quedan en silencio, discuten y sienten enojo, y hay quienes experimentan una tristeza difícil de explicar. Aunque para muchas personas esto parece una exageración, perder un partido importante puede provocar emociones intensas que van más allá del marcador.
Para Angélica Larios Delgado, académica de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM, la explicación radica en algo más profundo que la simple afición.
“La parte principal de por qué nos afecta tanto la pérdida de un equipo deportivo está ligada a la identidad y a la pertenencia”.
El vínculo que las personas establecen con un equipo o una selección no se limita a observar un encuentro desde las gradas o frente a una pantalla: se trata de un proceso emocional en el que los aficionados sienten que forman parte de algo más grande que ellos mismos, indica.
“Identificarnos no sólo con el equipo, sino con un deporte como el futbol, representa un tema de identidad muy fuerte. Aunque en realidad no estás ahí, sí representa un proceso de formar parte de algo”, señala.
Lo que experimentamos al final de un partido no depende únicamente del resultado definitivo, pues a decir de Larios Delgado, se trata de una acumulación de sentires que comienza desde el primer minuto del encuentro. Todo lo que ocurre durante el juego se acumula: si marcaron o no falta, si hubo un revés. Por ello, al llegar el desenlace, las emociones suelen intensificarse. La alegría de una victoria puede transformarse en euforia colectiva y, una derrota, en frustración, tristeza o enojo.
“Lo que sentimos es la suma de esa interacción de identidad, emociones y contexto. Además, la forma en que se vive el partido también depende del entorno. No es lo mismo verlo a solas que acompañado de familiares o amigos. El contexto social influye en la intensidad de esa experiencia”.
¿Por qué nos sentimos tristes por un juego?
¿Pero es normal sentirse afectado si pierde nuestro equipo? La respuesta es sí. Según la también responsable del Programa de Psicología de la Actividad Física y el Deporte de la FP, un juego es uno de los espacios más poderosos para expresar lo que sentimos, pues conecta con mecanismos relacionados con la supervivencia, el logro y la superación.
“Es una representación o una metáfora de la dinámica misma de la vida, pues un partido implica afrontar una situación o un desafío y eso se engancha con nuestro sistema de supervivencia emocional”, aclara.
Por ello, sentir tristeza, frustración, ansiedad o enojo tras un marcador en adverso es esperable. “Se trata de una dinámica social y compartida en la que las emociones de los jugadores interactúan con las de los espectadores. Si quienes ven el juego sienten aquello con intensidad, para quienes participan en la competencia las sensaciones son mayores”.
Enojarse o ponerse triste tras una derrota es normal. Lo que debe encender señales de alerta es que dicho estado se prolongue demasiado, advierte la académica.
Cuando la pasión deja de ser saludable
Angélica Larios detalla que los procesos emocionales tienen un ciclo natural: alcanzan un punto máximo y, posteriormente, disminuyen.
“Cuando eso se prolonga por días o incluso semanas, ya no está bien y puede denotar una falta adecuada de gestión”, advierte.
La especialista relata que ha conocido aficionados que permanecieron molestos largo tiempo tras una derrota deportiva. “Habían pasado seis meses y seguían enojados por el fracaso de su equipo. El problema no es la emoción en sí misma, sino la tendencia a revivirla constantemente a través de nuestras cogniciones”.
La situación es aún más preocupante si esto repercute en la vida cotidiana y se traduce en aislamiento, desinterés por las actividades habituales o dificultades para realizar tareas diarias.
En ocasiones, las derrotas deportivas terminan en discusiones, disputas verbales e incluso actos violentos. “Sin embargo, el problema no radica en el deporte, sino en la incapacidad de algunas personas para manejar adecuadamente sus emociones. Lo que no está bien es cuando hay reacciones conductuales de agresión, frustración y sobre todo de violencia física dirigida hacia cosas o personas”, esclarece.
Las imágenes de aficionados destruyendo televisores, golpeando objetos o a otras personas tras un resultado adverso son ejemplos claros de esta situación y “eso no es un problema del juego”, enuncia.
La violencia asociada al deporte —subraya— debe entenderse como una señal de alerta sobre cómo una persona enfrenta emociones como el enojo o la ira en distintos ámbitos de su vida.
Cómo afrontar una derrota sin quedarse atrapado en ella
Para evitar sentimientos negativos, la especialista propone diversas estrategias para vivir la afición deportiva de manera saludable. La primera consiste en mantener expectativas realistas.
“El deporte es muy objetivo. Hay estadísticas, resultados y programas de entrenamiento. Una de las primeras estrategias es evitar las idealizaciones. Cuando una persona construye expectativas imposibles sobre el desempeño de un equipo, aumenta significativamente la probabilidad de experimentar frustración”, expone.
Otra recomendación tiene que ver con el entorno social en el que se ven este tipo de encuentros. “Hay dinámicas de grupo o de familia que ya de por sí son negativas. Si tu equipo perdió y empiezan las burlas o los ataques, eso genera más emociones negativas”, señala.
Larios Delgado considera importante preguntarse si las interacciones alrededor del deporte son positivas o si fomentan prácticas como el bullying, la humillación o la confrontación constante.
Finalmente, recomienda permitir que lo que sentimos siga su curso natural. “El primer punto es validar las emociones, pues en algún momento éstas se enfrían y la racionalización ayuda mucho”, asevera.
Más allá de las victorias y las derrotas, Larios considera que el deporte enseña a enfrentar las frustraciones de la vida. Desde su perspectiva, uno de los principales errores consiste en enseñar a las infancias y adolescencias que lo único importante es ganar.
“Su verdadero valor está en el desarrollo físico, emocional y cognitivo que genera, pues te da la oportunidad de probar qué tanto más puedes hacer, correr o mejorar”.
No obstante, la académica advierte que la creciente influencia del deporte-espectáculo ha contribuido a distorsionar esta visión al privilegiar el resultado por encima del aprendizaje. Considera fundamental que tutores y entrenadores promuevan una cultura deportiva centrada en el disfrute y crecimiento personal, más que en los triunfos.
“Consideremos que nunca deja de ser un juego. Está diseñado para que aprendamos, socialicemos, nos desarrollemos y seamos una mejor versión de nosotros […] Siempre habrá otra oportunidad, partido o torneo que nos permita seguir sintiendo esa emoción que nos gusta tanto del deporte porque, al final, perder también forma parte del juego, y levantarse tras una derrota es, quizá, una de las victorias más importantes”, concluye.
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