Todo camino tiene obstáculos y tropiezos, también la docencia

Cuando iniciamos un empleo, un hobby, un viaje o cualquier actividad, generalmente esperamos obtener buenos resultados. Procuramos dar lo mejor de nosotros para alcanzar una meta; sin embargo, no siempre las cosas suceden como las imaginamos.

Cada persona tiene habilidades, cualidades, defectos y virtudes. Hay quienes son más sociables, otros más reservados; algunos disfrutan trabajar en equipo y otros prefieren hacerlo de manera individual. Todas esas características forman parte de nuestra personalidad y, de una u otra forma, influyen en la manera en que vivimos nuestro trabajo.

También ocurre que aquello que unas personas valoran de nosotros, para otras puede resultar incómodo. Muchas veces ni siquiera somos conscientes de ello.

A lo largo de mi trayectoria como maestra de preescolar y posteriormente de educación especial, tuve la fortuna de vivir muchas experiencias satisfactorias. Siempre disfruté participar, proponer ideas, colaborar con mis compañeros y asumir con responsabilidad cada una de mis funciones. En la mayoría de las escuelas eso fue bien recibido y me permitió crecer profesionalmente.

Sin embargo, también hubo excepciones.

De las catorce escuelas en las que trabajé, hubo dos en las que mi manera de ser terminó convirtiéndose en una dificultad. Con el paso de los años entendí que no siempre basta con hacer bien el trabajo; también existen dinámicas personales que pueden influir en el ambiente laboral.

En una de esas escuelas, por ejemplo, constantemente sentía que mis propuestas eran rechazadas. Si solicitaba alguna acción en beneficio de mis alumnos, la respuesta era negativa. Si hacía alguna sugerencia para un festival escolar, rara vez era tomada en cuenta.

Tiempo después, durante mi evaluación para Carrera Magisterial, recibí una calificación mucho más baja de la que esperaba. Cuando pedí una explicación, la respuesta fue que esa era la evaluación que me correspondía. Afortunadamente, mis compañeras conocían mi trabajo y respaldaron mi desempeño. Yo también solicité que se revisaran nuevamente los casos de los alumnos con quienes había trabajado durante ese ciclo escolar e incluso propuse que se escuchara la opinión de las madres de familia. Finalmente, la evaluación fue revisada y mi calificación corregida conforme a los lineamientos del programa.

Años más tarde viví una situación distinta, pero igual de complicada.

Uno de mis alumnos comenzó a convulsionar durante el horario escolar y su mamá me pidió que la acompañara al Hospital T1. Dejé organizado mi grupo con las actividades correspondientes y llevé únicamente al niño al hospital para regresar de inmediato a la escuela.

Hasta el día de hoy, su mamá continúa agradeciéndome aquella decisión, pues considera que esa atención oportuna fue determinante para salvar la vida de su hijo.

Sin embargo, esa acción también generó un llamado de atención. En esa misma escuela hubo otras situaciones que hicieron difícil mi permanencia: mi opinión profesional pocas veces era considerada, no encontraba el apoyo necesario de otras áreas y, en una ocasión, incluso fui señalada por un problema informático que después se comprobó que yo misma había ayudado a detectar.

Llegó un momento en que entendí que cuidar mi salud emocional también era importante y decidí cambiar de escuela. Con el tiempo supe que otras personas también habían tenido experiencias similares en ese mismo lugar.

Mirando hacia atrás, comprendí que cada experiencia, tanto las buenas como las difíciles, me dejó algún aprendizaje.

La lección es colaborar hasta donde te lo permitan, trabajar con esmero, paciencia, tolerancia y dar lo mejor sobretodo dentro de tu aula. El tiempo suele poner las cosas en su lugar y son las acciones las que hablan por nosotros.