Cuando un profesionista empieza a trabajar, llega con muchas expectativas, ilusiones y metas… Con el correr del tiempo, todo esto va cambiando. En el caso de muchos maestros, empezamos a trabajar en zonas rurales, lejanas a nuestra casa; a veces con pocos recursos a nuestro alcance, pero también con muchos gastos como transporte, vivienda, alimentación, etcétera.
En ese contexto, nuestra meta más frecuente suele ser llegar a trabajar a la ciudad o al lugar donde está tu propia casa y familia, pero este cambio no siempre llega rápido o en los primeros años de trabajo, sino que toca casi casi es ir puebleando, ir pasando por distintas comunidades donde vas aprendiendo costumbres, tradiciones, palabras en maya, modismos, y te vas enriqueciendo culturalmente.
Además vas conociendo gente, creciendo en el manejo de grupo, en las actividades que puedes llevar a cabo con diferentes materiales.
En mi caso, pasé por poblados pequeños, viví la experiencia de un huracán fuerte (Gilberto) fuera de mi casa, vi la carencia de recursos para continuar con la vida cotidiana, volver a reforestar el jardín de niños en donde laboraba en ese momento en Dzoncauich, donde por cierto me tocó cubrir como directora comisionada y con grupo.
Posteriormente, llegué al nivel de educación especial, pero sin poder dejar aún mi puesto de educadora y directora. Salía de Mérida a las 5:00 a.m. y volvía, si había transporte, a las 8:00 o 9:00 de la noche.
Es en esos momentos cuando te das cuenta de la realidad que enfrentas en tu profesión, y no mientras estudias o antes de empezar a ejercer cuando tienes expectativas sobre lo que será. En ese momento solamente trabajaba de lunes a viernes, sin tener tiempo para otra actividad, dejé el ballet, el gimnasio… Como he comentado en otros escritos, me tocaba ser parte del equipo fundador del Centro de Atención Múltiple matutino de Motul, entonces nuestro compromiso no solo era el tiempo escolar, sino también gestionar donativos para la escuela que estaba naciendo. Tuvimos que usar la creatividad para desarrollar actividades que sirvieran para recaudar fondos, pedir apoyo a gente conocida y familiares.
Cuando nuestra vida personal cambia, como ocurre cuando te casas, empiezas otra vez a querer un lugar de trabajo cercano a tu casa o en un horario que te permita estar con tus hijos, encontrarles un Centros de Desarrollo Infantil (CENDI)…
Pero ¿qué pasa cuando no consigues cupo en el CENDI que necesitas para tu hijo? Necesitas cambiarte de centro de trabajo nuevamente por uno que se adecúa a tus necesidades familiares, incluso si este te queda lejos, pero tiene un horario que te acomode mejor.
Ese, solo por poner un ejemplo. Mi carrera profesional fue de 36 años de trayectoria, trabajé en 14 escuelas distintas. Mi camino profesional incluyó dos jardines de niños federales y uno particular, donde también tuve la oportunidad de desempeñarme por segunda ocasión como directora. Posteriormente laboré en un centro psicopedagógico, en un CAM, en preescolar especial y en una escuela doble dentro del área de audición. Más adelante regresé a un centro psicopedagógico, esta vez en el área de lenguaje, y después nuevamente a un CAM en Cancún, donde tuve la fortuna de crecer profesionalmente dentro del área de comunicación.
Fue ahí donde trabajé por primera vez con niñas y niños con discapacidad visual y recibí formación especializada impartida por un grupo de maestros cubanos. Esa experiencia me permitió comprender con mayor profundidad la importancia de realizar diagnósticos precisos, así como de elaborar reportes e informes claros para madres, padres de familia, docentes y especialistas médicos.
Durante los años siguientes continué cambiando de escuela para equilibrar mi vida profesional con el tiempo dedicado a mi familia, sin dejar nunca de amar mi profesión.
En diversas etapas fui maestra de grupo, ya sea de inicial, preescolar, primaria, secundaria o del área laboral, maestra de comunicación, también en la función de directora en CAM, con esa última experiencia, tuve la oportunidad de proporcionar –a través del programa de escuela de calidad– materiales que las y los maestros necesitan dentro de su salón y que normalmente ellos mismo tenían que comprar.
Ahora, a tres años de jubilada, veo cómo fui cambiando mis expectativas, mi forma de ser, de enseñar, de darme a mis alumnos y madres/padres de familia. Crecí mucho desde que inicié hasta que terminé, pero en todo momento mi principal propósito fue que los alumnos aprendieran en un entorno seguro.
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