Lo que comenzó hace más de una década como una manera de comprar ropa bonita sin gastar demasiado terminó convirtiéndose en un proyecto que hoy tiene un espacio físico y, sobre todo, una comunidad que ha crecido junto con él.

Para Francis Vázquez, Ropavejeras nació casi de manera accidental. Ella y Winnie, su mejor amiga, compartían el gusto por vestirse bien, pero también una realidad económica que las llevaba a pensar dos veces antes de comprar cualquier prenda. Cuenta que ambas venían de un contexto similar, por el que pensaban: «si gastas tres pesos, tienes que ganas 10».
Un día comenzaron a comprar ropa de paca porque descubrieron que era muy bonita y tenía buen precio. Después de un tiempo, se preguntaron por qué no vendían la ropa que ya tenían para poder comprar más… Así empezaron a publicar prendas en Facebook. Lo que invertían regresaba convertido en nuevas piezas y, poco a poco, descubrieron que podían hacer circular su ropa y acceder a muchas más opciones que comprando únicamente en tiendas convencionales.
Winnie propuso entonces abrir una página y así nació Ropavejeras, un proyecto que comenzó completamente en redes sociales y que, con el tiempo, fue construyendo su propia comunidad. Comunidad que hasta hoy continúa.
Aunque la universidad hizo que ambas tuvieran que poner el proyecto en pausa durante un tiempo porque sus horarios eran cada vez más complicados, la pandemia llevó a Francis a retomar este proyecto.
Para entonces, Winnie ya tenía una rutina diferente y decidió no continuar con el proyecto directamente, pero Francis siguió adelante, primero casi como una actividad secundaria y después como un emprendimiento que comenzó a tomar cada vez más fuerza.
Una tienda que busca que la ropa siga circulando
Actualmente, alrededor de la mitad de las prendas que llegan a Ropavejeras son bajo el esquema de consignación. El resto proviene de diferentes lugares: desde ropa del propio clóset de Francis hasta prendas que encuentra en tianguis, bazares o incluso en ventas ocasionales de casas.
Ahora también busca impulsar los trueques como una forma de mantener la ropa en movimiento porque Francis tiene claro que las prendas no deben quedarse estancadas en los racks porque quienes forman parte de la comunidad buscan constantemente algo nuevo.


Por ahora, los trueques no tienen costo, ya que se han convertido en la alternativa ideal para renovar el stock de la tienda, pero sobre todo porque permiten la posibilidad de acceder a ropa diferente sin que necesariamente implique gastar más. Esa accesibilidad es de los principios que han acompañado a Ropavejeras desde el principio.
Francis quiere que otras mujeres, como ella, sepan que pueden encontrar ropa bonita y de buena calidad sin sentir que determinadas prendas están reservadas únicamente para quienes pueden pagar precios elevados.
Por eso ha procurado mantener precios accesibles, buscando que el proyecto sea redituable, pero también que las prendas se muevan.
De las redes a un espacio compartido
El crecimiento de Ropavejeras ha sido de cocción lenta, y así como en la comida este tipo de cocción deja un sabor más delicioso, en los emprendimientos que requieren tiempo: el sabor del logro es más grande. En febrero de este año, por primera vez, Ropavejeras atravesó de las pantallas y espacios temporales como bazares para contar con un espacio físico permanente para su comunidad.
Por supuesto que contar con un local para un emprendimiento de este tipo, es un reto, para el cual la solución fue compartir espacio con otros emprendimientos. Actualmente Francis comparte el lugar con Itzel, de Chelsea Clothes, y Mariana, de Manita Bazar. Dividir los gastos permite que la inversión sea menor y que Ropavejeras pueda mantener la filosofía de precios accesibles.

Pero tener un local también implicó cambiar la manera de trabajar.
Antes, si Francis no podía publicar ropa una semana, podía dejarlo para después. Ahora existe una responsabilidad adicional: cada quincena tiene que generar movimiento porque hay gastos que cubrir. Ese cambio también la llevó a ser más disciplinada con el proyecto y a organizar mejor su tiempo.
“Si tengo que subir a la quincena, llueva, truene o relampaguee, yo tengo que subirlo”, explica.

Porque Ropavejeras no es su única actividad. Francis trabaja por su cuenta ejerciendo su profesión como fisioterapeuta y debe combinar el emprendimiento con sus pacientes, por lo que aprovecha sus horarios de comida y algunos días libres para acudir al local, planchar ropa, tomar fotografías, grabar videos y preparar contenido.
Una comunidad que se quedó
Una de las partes más significativas de la historia de Ropavejeras no está en las prendas, sino en las personas que llegaron con ellas.
Francis recuerda que, cuando retomó el proyecto durante la pandemia, algunas de las mujeres que ya la seguían desde sus primeros años regresaron. Eran pocas, pero constantes: comentaban, compraban y preguntaban cuándo habría nuevas publicaciones.
Con el paso del tiempo, algunas de esas clientas terminaron convirtiéndose en amigas.
“Muchas amiguitas que literal son mis amigas, gracias a eso, a que les vendía en algún momento por azares del destino”, cuenta.
Para ella, esa comunidad representa una de las partes más gratificantes del emprendimiento. Le gusta que las personas ya no piensen necesariamente que tienen que acudir a determinado lugar para encontrar ropa, sino que sepan que pueden preguntar directamente: “¿Tienes esto?”, “¿Cuándo vas a subir?”.


En medio de un mercado de segunda mano que ha crecido considerablemente durante los últimos años y que también ha traído más competencia, esa relación con quienes siguen a Ropavejeras se ha convertido en una parte importante de su identidad.
La tienda no pretende competir solamente por precio. También hay una personalidad construida con el tiempo y una relación que va más allá de una compraventa.
El recorrido de Ropavejeras comenzó con dos amigas que buscaban una manera de comprar la ropa que les gustaba sin gastar sus ahorros y terminó convirtiéndose en un espacio donde las prendas pasan de una persona a otra, pero también donde se construyen vínculos.
Porque cuando una prenda vuelve a circular, no solamente cambia de clóset. A veces también lleva consigo una historia nueva, una persona que la encontró y otra que decidió dejarla ir. Y en Ropavejeras, Francis tiene claro que justamente ahí está buena parte de lo bonito: que la ropa siga teniendo vida y que, en el camino, también conecte a quienes la usan.
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