¿Me tengo que poner hielo si sufro una lesión? La ciencia lo desaconseja, y por una buena razón

Seguro que lo han oído, lo han practicado o incluso lo han aconsejado alguna vez: tras sufrir una lesión aguda (un esguince, un golpe fuerte, una tendinitis…), hay que ponerse hielo en la zona afectada. Sin embargo, los nuevos protocolos de intervención lo desaconsejan como norma general.

Parece algo contraintuitivo, ya que el uso del hielo (crioterapia) produce una disminución de la conducción nerviosa y una vasoconstricción local (estrechamiento de los vasos sanguíneos), lo que alivia el dolor a corto plazo y reduce la inflamación y el edema.

Entonces, ¿por qué es mejor no hacerlo? Para saber la respuesta, veamos primero qué es la inflamación y si interesa actuar sobre ella.

Una reacción natural

La inflamación es un proceso fisiológico normal del cuerpo para recuperarse de un daño. Inmediatamente tras la lesión, los vasos sanguíneos se estrechan con el fin de evitar la pérdida de sangre. A los pocos minutos, una vez taponada la herida, el calibre y la permeabilidad de dichos vasos aumentan para permitir la llegada de sustancias y células inmunitarias con efectos inflamatorios. Es el momento de los neutrófilos, encargados de “las tareas de limpieza”.

El aumento de la permeabilidad vascular genera a su vez un incremento del volumen de líquido –medio de transporte de todas estas sustancias– que llega a la zona. Esta hinchazón es lo que conocemos como edema, y responde a las necesidades fisiológicas de sanación.

Cuando el proceso inflamatorio está en su punto más alto, la acumulación de sustancias produce una serie de señales bioquímicas que inician la fase de proliferación o curación del tejido. Los mismos procesos que en la etapa anterior generaban inflamación, ahora liberan compuestos como las lipoxinas, que poseen un gran poder antiinflamatorio.

Además, según estudios recientes, los neutrófilos que han acudido a “limpiar” la zona cambian en esta fase su forma de actuar y pasan a tener también efectos antiinflamatorios y de regeneración.

Es decir, que para que todo el proceso de curación transcurra correctamente, la inflamación debe seguir su curso fisiológico.

Cambios de protocolo

A medida que se conocían mejor estos mecanismos biológicos han ido cambiando las estrategias para abordar las lesiones agudas.

Creado en 1978 por el doctor americano Gabe Mirkin, el protocolo RICE confería protagonismo a la crioterapia. Sus siglas significan Rest (reposo), Ice (hielo), Compression (compresión) y Elevation (elevación). Desde los años 80, fue sustituido por el protocolo PRICE, que añadía la protección (la P) de la zona.

Posteriormente, en 2012, apareció el protocolo POLICE. Este método seguía recomendando el uso puntual del hielo en fases muy agudas, pero ofrecía un cambio sustancial para el tratamiento de este tipo de lesiones. Cambió la R de reposo por la OL de Optimal Loading (carga óptima). Es decir, el paciente debe empezar a moverse cuanto antes, comenzando por los movimientos que no involucren a la lesión y no produzcan dolor.

Esta estrategia de carga óptima y progresiva ha demostrado que la movilización precoz y la rehabilitación funcional son más eficaces que la inmovilización y el reposo total.

Protocolo actual: “PEACE and LOVE”

A pesar de la aparente eficacia de los métodos anteriores para disminuir el dolor, las recidivas (reincidencia de viejas lesiones) son frecuentes. De hecho, las patologías de tendón más prevalentes suelen producirse por un fallo en el proceso de curación. Por eso se suele decir que “los esguinces nunca se curan del todo”.

Así llegamos a 2019, cuando los expertos canadienses Blaise Dubois y Jean-Francois Esculier propusieron su protocolo PEACE and LOVE. Como principal novedad, sugiere evitar los antiinflamatorios (La A es de Avoidance anti-inflamatory), incluido el uso del hielo.

Estos cambios de enfoque responden a la evidencia científica. Anteriormente hemos explicado que la vasodilatación es necesaria para que lleguen todas las sustancias esenciales para la curación. Es de suponer que el hielo va a ralentizar el proceso y a modificar las vías de sanación óptimas.

Por ejemplo, una revisión sistemática de 22 ensayos clínicos publicada en 2004 ya advertía que había pocas pruebas de que el hielo y la compresión tuvieran algún efecto significativo en la recuperación de las lesiones.

Ese mismo año, el especialista norteamericano Scott F. Nadler afirmó:

“Aunque las modalidades de tratamiento con frío y calor disminuyen el dolor y el espasmo muscular, tienen efectos opuestos sobre el metabolismo tisular, el flujo sanguíneo, la inflamación, el edema y la extensibilidad del tejido conjuntivo”.

En definitiva, tanto el hielo como algunos antiinflamatorios modifican el proceso inflamatorio y favorecen procesos de mala recuperación y fibrosis. Esto puede llevar a que el tejido no se regenere de forma correcta y sea más susceptible a sufrir nuevas lesiones.


El propio Mirkin, creador del protocolo RICE, admitió en 2015 que “el hielo retrasa la curación”.

¿Y qué pasa con el dolor?

El dolor nociceptivo (nocicepción) es el que sentimos en respuesta a un daño en el tejido. Esta señal de alarma genera cambios adaptativos (como la limitación del movimiento y la carga) con el objetivo de permitir la correcta curación.

Así pues, anular la nocicepción con hielo o antiinflamatorios puede retrasar o empeorar la lesión, ya que deja de cumplir su función protectora si no cumplimos esas horas o pocos días de reposo adecuado.

Como consejo general, podemos recomendar que los afectados apliquen el protocolo PEACE and LOVE y, durante la fase de reparación, consuman alimentos ricos en omega-3 (EPA y DHA) y suplementen su dieta con vitamina C.

De todos modos, si sufre una lesión severa, lo mejor es acudir a un médico o un fisioterapeuta, que le darán pautas y facilitarán el proceso de curación más adecuado.

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