“Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 3 años, mis hermanos y yo nos mudamos a casa de la tía mayor de mi mamá. Vivimos ahí por 2 años y después nos mudamos a Córdoba Veracruz. Supongo que los primeros años no fue muy difícil para mí el que fuera hijo de padres divorciados porque asistí hasta los 6 años a la escuela, era muy chico para sentirme “diferente”, casi no recuerdo nada de esos años, pero mis dos hermanos mayores sí tienen recuerdos de ese periodo en el que mi madre y mi padre dejaron de ser una pareja que vivía junta para comenzar a hablar en términos de pensiones, colegiaturas, fines de semana que te tocan, navidades o año nuevo en una casa o en otra. Tal vez lo único que recuerdo es que me sentía feliz cada vez que veía a mis padres convivir nuevamente por alguna razón, como el día que fui elegido para la escolta en sexto de primaria y los dos estuvieron ahí juntos. Me sentí verdaderamente contento. Siempre les agradecí no haber olvidado que ellos ya no eran pareja, jamás volverían a serlo, pero el que mis hermanos y yo éramos sus hijos, de ambos, jamás podrían cambiarlo.”

Alberto Sánchez le comparte a VIVE MÉRIDA la experiencia de ser hijo de padres divorciados, situación a la que se enfrentan miles de hijas e hijos, cuando un matrimonio concluye. Ya sea en buenos términos o empapado de conflictos y dolor, una separación afectiva siempre es una experiencia fundacional en la vida de quienes la experimentan.

Las entidades federativas con el mayor número de divorcios por cada 100 matrimonios son Campeche, Tamaulipas y Coahuila, y aunque en el 2020 los divorcios disminuyeron estadísticamente un poco, en el 2021 nuevamente repuntaron notoriamente; muchos de ellos afectados directamente por la pandemia de COVID 19, cuyos estragos apenas comenzamos a visibilizar con evidencias tangibles, en lo que a salud psicoemocional y social, respecta.

Un dato sumamente interesante que nos arroja INEGI es que de los divorcios registrados en 2021, el 31% de las parejas permanecieron casadas entre 20 o más de 20 años. Estadísticas del mismo año, señalan que la edad promedio en la que los hombres se encuentran al momento del divorcio es de 42 años y en el caso de las mujeres, 40 años.

149, 234 divorcios ocurrieron en uniones de personas de diferente sexo, mientras que 441 divorcios ocurrieron en vínculos de igual sexo.

El matrimonio y el divorcio en Yucatán

Nuestro estado se encuentra entre las entidades federativas cuyo porcentaje de matrimonios es mayor de 60 y hasta 70 por cada 10,000 habitantes, lo que lo coloca como una de las entidades situadas en el lugar medio, por debajo de estados como Sinaloa, Campeche y Quintana Roo con un promedio alto de matrimonios, pero por arriba de estados como Ciudad de México, Chiapas y Puebla con un promedio bajo de uniones matrimoniales.

En el caso del divorcio, su índice es bajo, ya que INEGI nos muestra que por cada 100 matrimonios en Yucatán se registran entre 30 y hasta cuarenta divorcios, colocándolo en la escala de baja incidencia en el país.

“Siendo actualmente un hombre de 43 años y padre de una niña, reconozco totalmente los beneficios de finalizar una relación que ya no está bien y terminarla en buenas condiciones o las mejores que sean posible. Mis padres siguieron siendo buenos con nosotros, siempre vi en ellos un trato respetuoso, jamás cariñoso, pero siempre muy cordial. Ahora que soy adulto y platico con amigos y amigas de la generación, veo que en muchos casos no siempre fue así, un compañero del trabajo me decía que él vivió mucha violencia de sus padres que permanecieron casados casi 28 años y que fue muy terrible, porque muchas veces se desquitaron con él o con sus hermanitas por los problemas que ellos tenían como pareja. Incluso hubo golpes para ellos como hijos.”

El divorcio se define jurídicamente como la forma de disolver el matrimonio y es validado mediante la sentencia de una autoridad judicial competente que declara disuelto el vínculo matrimonial, a petición de uno o ambos cónyuges, con fundamento en las causales establecidas por la ley.

Las causas por las que un matrimonio llega a su fin, pueden ser múltiples, sin embargo en el caso de tener hijos en común, la situación muchas veces suele tornarse compleja, pues aunque el vínculo queda disuelto de manera legal y presumiblemente, emocionalmente, eso no establece automáticamente el tipo de relación afectiva que se debe sostener con los hijos e hijas, así como los derechos y obligaciones ante ellos o ellas.

Existen diversos estigmas alrededor del divorcio y muchos de ellos recaen directamente sobre los hijos de padres divorciados; no obstante de ser cada vez más comunes las parejas que crían a sus vástagos desde la disolución de su vínculo conyugal y que muchas veces esa decisión es tomada desde la madurez emocional, reflexión y mutuo acuerdo, todavía existen creencias absurdas  alrededor del divorcio que no favorecen a las y los involucrados.

Infancias libres de violencia, son infancias óptimas

“Una de las principales razones por las que mi madre y mi padre decidieron divorciarse, fue para que nosotros crecieramos en un ambiente bueno, sin golpes o discusiones, sin vivir la tensión de un matrimonio que ya se había terminado. Yo admiro su valor y su congruencia, pues siento que en el tiempo en el que ellos se divorciaron, sus familiares y amistades los juzgaron y aunque esas mismas personas tenían malas relaciones de pareja, siguieron aguantando sobre todo por las apariencias, ni siquiera por sus hijos. El divorcio muchas veces no es como lo pintan, conozco parejas que después de divorciarse tienen una mejor relación. Se respetan más, hasta se valoran y para mí cuando hay hijos de por medio eso es todavía aún más valioso, porque son niños que como yo crecen lejos de los problemas de los adultos.” Nos explica generosamente Alberto Sánchez Huesca, quien sigue viendo a sus papás como sus grandes maestros de la vida e inspiración. Con diez años de casado y con una pequeñita de 3 años, este abogado especializado en temas familiares, es un gran asesor en el tema.

Finalizar una relación afectiva amorosa, finiquitar una relación conyugal y dar cierre a la historia de pareja, no debe ser visto desde la óptica reduccionista y juiciosa, por el contrarios, en la gran mayoría de los casos, un divorcio bien llevado, concluido y asimilado es la puerta de la libertad y la sanación para todas y todos quienes están involucrados: la pareja, hijos o hijas en caso de haberlos, amistades y familiares alrededor de los cónyuges. Romper cadenas de dolor, de maltrato, de tristeza y angustia es una gran muestra de autoestima, de amor propio y por supuesto de respeto y amor por quienes forman parte de esa historia.

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