¿Hasta cuándo van a querer venir conmigo los fines de semana? Por ahora todavía existe un calendario. Hay días que son míos, aunque sé perfectamente que los hijos no pertenecen a nadie. Hay viernes en los que preparo la casa porque vienen, domingos en los que calculo cuánto tiempo nos queda y noches en las que descubro algún calcetín olvidado después de que se fueron. He aprendido a vivir con esa extraña manera de medir la paternidad: no en años, sino en fines de semana.
Cuando uno se convierte en papá de fin de semana desarrolla ciertas habilidades. Aprende a hacer maletas rápidamente, a preguntar qué tarea falta, a recordar cargadores, medicamentos, uniformes y horarios. Aprende también que cuarenta y ocho horas pueden ser muchísimo tiempo cuando estamos juntos y poquísimo cuando llega el domingo.
Y ésa es quizá la parte que uno olvida mientras está ocupado tratando de ser un buen padre. Crecen aunque no los veamos todos los días. Un viernes llegan un poco más altos. Otro día descubrimos que ya no quieren la comida que antes les encantaba. De pronto tienen una canción favorita que nunca habíamos escuchado, una palabra nueva, una amiga de la que hablan todo el tiempo o un problema que ocurrió el martes y del que nosotros nos enteramos hasta el viernes. Uno va perdiéndose pequeñas escenas.mNo necesariamente porque alguien nos las quite. Simplemente porque la vida ocurre también cuando no estamos.
Hasta ahora he vivido con la tranquilidad de saber que llegará el siguiente fin de semana. Pero algún día ese calendario empezará a competir con otro mucho más importante para ellos: el de su propia vida.
Llegará una fiesta justo el sábado que deberían estar conmigo. Una amiga cumplirá años. Habrá un partido, una tarea en equipo, una salida, una pareja. Después vendrá quizá la universidad, el trabajo, un viaje. Y probablemente algún viernes escucharé una frase para la que no sé si estoy preparado: “Papá, este fin no voy a poder ir”.
Quisiera creer que reaccionaré con madurez. Quisiera contestar que no pasa nada, que nos vemos después, que disfrute. Pero sospecho que alguna parte de mí contará silenciosamente las horas que acabamos de perder. Porque durante años me he acostumbrado a pensar que esos fines de semana son nuestros. Y quizá uno de los aprendizajes más difíciles de ser padre sea comprender que llega un momento en el que el amor deja de poder organizarse mediante un calendario.
No quiero convertirme entonces en ese padre que cobra las visitas como si fueran una deuda. No quiero decir “ya nunca vienes”, “prefieres a tus amigos” o “para mí nunca tienes tiempo”. Mucho menos quiero que mis hijos lleguen a verme porque sienten culpa. Quiero algo mucho más difícil. Quiero que vengan porque quieran venir.
Que algún día, cuando ya nadie les diga dónde deben pasar el fin de semana, exista algo en esta casa que todavía les resulte suyo. Que puedan abrir el refrigerador sin preguntar, acostarse en el sillón, poner una película, contarme un problema o simplemente llegar a comer.
Tal vez por eso cada fin de semana que tenemos ahora importa tanto. No porque tenga que llenarlo de actividades extraordinarias ni porque necesite compensar los días en los que no estuvimos juntos. Importa porque, sin darme cuenta, durante estos años estoy construyendo la relación que tendremos cuando ya no exista ninguna obligación de vernos.mEso cambia muchas cosas.
Tal vez no importa tanto cuántos lugares visitamos, sino cuánto hablamos camino hacia ellos. Quizá no recordarán todos los regalos, pero sí si podían contarme algo sin miedo. Tal vez olvidarán muchas de las películas que vimos juntos, pero espero que recuerden la sensación de sentarse a mi lado.
Porque estoy empezando a entender que mi trabajo como padre no consiste en conseguir que mis hijos necesiten venir siempre. Es justamente lo contrario. Mi trabajo es ayudarlos a crecer hasta que puedan irse.Y después aceptar que tendrán una vida en la que yo ya no seré el centro. Una vida con personas que todavía no conozco, lugares donde nunca he estado y decisiones en las que probablemente ya no me preguntarán qué hacer.Eso, aunque duela un poquito escribirlo, significará que algo hicimos bien.
Algún día no prepararé una maleta. No preguntaré a qué hora vienen. No habrá viernes de recogerlos ni domingos de llevarlos de regreso. El calendario dejará de decirme cuándo me toca ser papá. Y cuando llegue ese momento espero haber entendido finalmente algo que quizá debí saber desde el principio:
Nunca fui papá de fin de semana. Fui papá todos los días, incluso aquellos en los que no estaban conmigo.Y si durante estos años conseguimos construir algo suficientemente fuerte, algún día sonará el teléfono y escucharé: “Papá, ¿qué haces el domingo? Voy a ir a verte”. Entonces ya no será mi fin de semana.mSerá el suyo. Y habrán elegido compartir un pedacito conmigo.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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