Un libro invita a ser abierto, descubierto, vivirlo con todos los sentidos posibles.

Créditos de la foto a quién corresponda
¿Una librería no debería ser entonces ese espacio de conexión que atrae y enamora a las mentes lectoras?

Alguna vez tuve la desagradable experiencia de no poder hojear un libro en una conocida librería meridana. La Dante. Juré que nunca más volvería a comprarles nada. Fracasé. En algunas ocasiones he vuelto a caer en la tentación o la necesidad de volver a cruzar sus puertas; pero si puedo evitarlo, lo hago. Busco mis libros de alguna otra forma.

Semanas atrás invité a un amigo de España a caminar por las calles meridanas y nuestras visitas obligadas incluyen siempre, librerías.

Sonaba muy atractivo conocer el espacio destinado a ello que la casa Montes Molina ha abierto. Cafebrería le llaman.

La promesa de una tarde deliciosa se quedó en eso, en promesa.

La decepción fue contundente y veloz. No bien nos habíamos instalado en las mesas para revisar la carta y pedir algo, ya nos habían visto con ojos escrutadores.

Antes de que nos tomara la orden el mesero, nos acercamos a las estanterías para ver el objeto de nuestra devoción: libros.

Sostuvimos no más de dos minutos los libros en nuestras manos cuando apareció una señorita a decirnos que estaba prohibido. SÍ. PROHIBIDO, abrir los libros. Nuestra cara de sorpresa fue enorme. En ese momento llegó el mesero y pedimos un par de lattes, un moka para nuestra acompañante y algunos panes. Le pregunté a la señorita si en todo caso tenía un ejemplar abierto que se pudiera revisar, pues “de la vista nace el amor”. Respondió que no. Que si deseábamos leer había libros en un estante que podíamos revisar, pero no los que estaban a la venta.

Por cierto si usted quiere tomar uno de esos libros y leerlos con un cafecito en mano: no, tampoco se puede.


Conclusión de la fallida experiencia: si desea comprar un libro más le vale ya saber cual es, que lo venden ahí y quedarse con lo que le dice la contraportada porque de otra manera no podrá enamorarse más allá de eso. Prohibido tocar.
De cualquier manera, la oferta de los libros en venta es bastante reducida. Lástima de un librero tan hermoso, que sirve sólo de eso: decoración.

Las bebidas resultaron ser tan malas, como el pan, y el trato. Y sobrada y exageradamente caras.

Incluso mi amigo comentó que están muy por encima de los precios en Europa. Precios europeos con bolsillos mexicanos. Suena complicado.

Entonces todo lo anterior me permitió llegar a la conclusión de que posiblemente toda esa frialdad en el trato, el espacio, los precios, es lo que hacen que este lugar este lejísimos de ser una “cafebrería” y que su carencia de vida es lo que le da ese toque de vacío tan notoria.

Lástima por la privilegiada ubicación del lugar y los recursos que destinaron a ello, no se antoja ni recomendarlo, ni regresar y mucho menos a lectoras o lectores ávidos, que pudieron ser asiduos visitantes y compradores.

¡Hasta la próxima amiguitos!

Daniela Esquivel: Directora de escena, promotora de lectura, profesora y colaboradora de medios digitales. Exploradora gastronómica y lectora incansable. Nómada entre la Gran Tenochtitlan y la Tierra del Faisán y del Venado.