Hay algo que me cuesta aceptar de ser papá de fin de semana: no estoy. No estoy cuando salen de la escuela todos los días. No sé siempre quién se sentó junto a ellos, quién les habló, quién los hizo reír o quién pudo hacerlos sentir incómodos. No conozco a todas las personas que forman parte de sus días cuando están lejos de mí.
Y quizá por eso hay una conversación que llevo tiempo pensando cómo tener con ellos. No quiero asustarlos. Tampoco quiero enseñarles a desconfiar de todo el mundo. Tienen entre seis y once años, edades en las que todavía deberían preocuparse más por jugar, hacer amigos o conseguir cinco minutos más antes de irse a dormir. Pero hay cosas que necesitan saber.
Un día, sin hacer demasiado drama, les dije algo que quiero que recuerden siempre: su cuerpo es suyo. Les expliqué que existen partes privadas y que nadie debe tocarlas, pedirles que las enseñen o mostrarles las suyas. Pero también les dije que no tienen que aceptar una caricia, un abrazo o un beso que los haga sentir incómodos.
Entonces pensé en todas esas veces que los adultos decimos: “Dale un beso a la tía”, “abraza al señor”, “no seas grosero, saluda bien”. Parecen cosas insignificantes, incluso muestras de buena educación. Pero si quiero enseñarles que pueden decidir sobre su cuerpo, también tengo que aprender a respetar sus pequeños “no”.
La parte que más trabajo me costó fue explicarles que no siempre debemos tener miedo del desconocido. También puede suceder que alguien que conocen haga algo que no está bien. Durante años nos enseñaron a cuidar a los niños de los extraños, pero ¿cómo les explicas que alguien que les cae bien, alguien que les da regalos, alguien cercano o incluso alguien a quien quieren también podría cruzar un límite?
No encontré una manera bonita de decirlo. Simplemente les expliqué que si alguna vez alguien hace algo que los incomoda, quiero que me lo cuenten. Y si esa persona les dice que es un secreto, entonces con mayor razón tienen que contármelo.
En nuestra familia decidimos hacer una diferencia entre sorpresas y secretos. Podemos esconder durante unos días el regalo de cumpleaños de mamá. Eso es una sorpresa y en algún momento se contará. Pero ningún adulto debería pedirles guardar un secreto relacionado con una caricia, una fotografía, un mensaje, su cuerpo o cualquier cosa que les provoque miedo, vergüenza o incomodidad.
Y entonces apareció una pregunta que no esperaba: “¿Y no te vas a enojar?” Esa pregunta se me quedó dando vueltas. Porque quizá ahí está una parte de la protección de la que hablamos poco. Podemos enseñarles veinte maneras de cuidarse, pero si creen que cuando algo suceda nosotros vamos a regañarlos, castigarlos o preguntarles primero qué hicieron para provocarlo, probablemente tendrán miedo de contarlo. Por eso quise dejar algo muy claro. No importa lo que haya pasado. No importa si primero aceptaron. No importa si recibieron un regalo, si entraron voluntariamente a una conversación o si alguien les dijo que ellos también hicieron algo malo. Pueden venir conmigo.
Y hay otra realidad que como padre tengo que aceptar: hoy alguien no necesita estar físicamente cerca de mis hijos para cruzar sus límites. Puede aparecer en un videojuego, un chat o una red social. Puede comenzar hablando de algo aparentemente inocente, ofrecer un regalo digital, pedir una fotografía o terminar diciendo algo que debería encender todas las alarmas: “No le cuentes esto a tu mamá ni a tu papá”. La regla vuelve a ser la misma: cuéntamelo.
No sé si tuve la conversación perfecta. Probablemente me faltaron cosas y seguramente tendré que repetirla cuando tengan doce, catorce o dieciséis años. Porque he entendido que hablar del abuso sexual con nuestros hijos no puede ser esa gran conversación incómoda que tenemos una tarde y después damos por terminada. Tiene que aparecer de vez en cuando, conforme crecen y comienzan a vivir otras experiencias.
Sin miedo. Sin morbo. Sin convertir el mundo en un lugar lleno de monstruos.
Soy papá de fin de semana y no puedo estar detrás de ellos todo el tiempo. No puedo conocer a cada persona con la que convivirán, revisar cada conversación ni evitar cada riesgo. Y quizá esa sea una de las partes más difíciles de ser padre: aceptar que no puedes protegerlos de todo.
Pero puedo intentar dejarles algo para cuando yo no esté. Que sepan que su cuerpo les pertenece. Que pueden decir que no. Que ningún adulto tiene derecho a pedirles guardar un secreto sobre su cuerpo. Y, sobre todo, que si algún día algo sucede, no tendrán que preguntarse si pueden venir conmigo.
Quizá todo lo que quiero decirles cabe en una sola frase:
Cuando papá no esté y algo te haga sentir miedo, vergüenza o simplemente sientas que no está bien, prométeme que me lo vas a contar. Yo prometo escucharte.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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