“Encontré la alternativa porque una compañera mía de la universidad ya lo había hecho y cuando vio que yo estaba teniendo problemas económicos me dijo ‘oye, yo hice esto’ (vender sus óvulos)”.

Romina* tenía 19 años cuando tomó la decisión de donar sus óvulos por primera vez, recién se había salido de la licenciatura que estaba a punto de terminar porque reconoció que la carrera que estaba estudiando no era aquello a lo que se quería dedicar, pero necesitaba el dinero para pagar la renta y todo lo necesario para sobrevivir.

“Lo hice dos veces, muy seguidas aparte y fueron demasiadas hormonas para mí, le di en la madre a mi cuerpo”.

Su decisión, cuenta, fue principalmente por un tema económico; el dinero que le pagaban por donar sus óvulos era el dinero que lograría juntar trabajando dos o tres meses, “yo a mí misma me convencí de la parte moral, de que yo estaba ayudando a alguien y no me tenía que sentir mal o avergonzada de hacerlo”.

A pesar de esto, recuerda que la peor afectación fue hormonalmente, “desde la primera vez te inyectan hormonas para que puedas generar muchos óvulos y con eso puedes donar más y la persona que está pagando por el servicio tiene más posibilidades de estar embarazada”.

Las inyecciones hormonales, señala, son cada semana y se realizan junto con un seguimiento ginecológico, con el cual van corroborando que estás generando óvulos, al punto de inflamarte; “cuando llega el procedimiento, te ponen una anestesia general y sin abrirte ni nada, sino con un abductor o algo así, te sacan los óvulos”.

Esta situación le generó problemas, pues su cuerpo continuó con el exceso hormonal, lo que le ocasionó tomar pastillas anticonceptivas que eran muy fuertes para su edad en un intento de controlar las hormonas… Desde ahí, fueron nueve años los que tuvo que tomar las pastillas para mantener la regulación.

Sin embargo, recuerda también que la orientación que le brindaban las y los médicos siempre fue muy profesional y la orientaban; e incluso, sabiendo que la primera vez le generó un quiste hormonal el procedimiento, le dijeron que se lo quitarían sin ningún costo (extracción que sí le realizaron).

“Pero yo creo que nunca lo hubiera tenido si no me hubiera metido al procedimiento y a largo plazo me generó muchos problemas tomar tantas pastillas y tantos químicos porque yo tengo 31 años casi 32 y si algún día quiero ser mamá no sé si voy a poder”.

También mira que tuvo que ser muy ‘fuerte’ (así, entre comillas lo menciona), porque al entrar al quirófano sientes miedo y es una experiencia difícil, en especial estando tan joven y solita ahí.

Aún con todo esto “lo recomendaría a alguien que atraviese una necesidad de verdad, así por buena onda, no lo recomendaría porque es algo que tiene muchas consecuencias a largo plazo”.

En su caso, detalla que recibió 10 mil pesos la primera vez y 12 mil pesos la segunda, “en el momento lo vi suficiente y lo veía mucho, después me enteré que no era mucho y que por todo el tratamiento que estaba recibiendo mi cuerpo debí cobrar por lo menos el doble”. Desde su visión, las familias que deciden obtener sus tratamientos para embarazarse de esta forma llegan a pagar hasta cinco veces lo que ella recibió.

Ella misma, después de haber atravesado todo este proceso en dos ocasiones, opina que debería haber una regulación en México al respecto. “Ahora que lo veo en perspectiva, no me sentí para nada protegida”.

Ahora, mira que si hubiera tenido alguna problemática, no habría contado con ninguna herramienta legal que la defendiera; por lo que considera necesario implementar normativas que protejan a las mujeres que realizan este procedimiento, “sobre todo porque estamos hablando de salud”.

Un asunto bastante curioso es que la venta de óvulos, suele manejarse en las clínicas como una “donación”, en una desde su página web especifica que es con retribución económica y en otra página consultada no especifica; esto puede deberse a la regulación en México.

También llama la atención que, al ser servicios ofrecidos (y cobrados) a personas que tienen interés en tener bebés; el centro es en esas personas, dejando fuera del foco a la mujer que hace esta ‘donación’.

Eso sí, cuando se trata de aplicar para entregar sus óvulos, les preguntan hasta el tipo de nariz y personalidad; volviendo al punto: todo se centra en quienes quieren tener un bebé.

Entre los requisitos de una de las clínicas se encuentran:

  • Tener entre 18 y 32 años.
  • Tener un buen estado de salud física y mental.
  • No haber sido adoptada o ser capaz de proveer información detallada acerca del historial médico de tu familia biológica.
  • No tener historial de enfermedades de transmisión genética tales como diabetes, epilepsia o hipertensión arterial.
  • No padecer ni ser portadora de alguna enfermedad de transmisión sexual.
  • Tener un Índice de Masa Corporal (IMC) de entre 20 y 24.
  • Tener una óptima función ovulatoria.
  • Optar por la donación voluntariamente y en pleno uso de tus facultades mentales.

Las mujeres que deciden donar o vender sus óvulos, aceptan con ello atravesar todo el procedimiento hormonal que contó Romina (mismo que les deben informar de manera previa), pero ¿qué pasa si a la mitad del procedimiento ya no quieren? ¿Qué pasa si tienen alguna complicación? ¿Hay alguien que las respalde? Son algunas de las dudas que quedan en el aire.

Aunque en 2008 hubo una propuesta de Ley Federal de Reproducción Humana Asistida, según la Gaceta del Senado; en esta, se contempla que la donación de óvulos debe ser gratuita y anónima, también que “sólo será revocable cuando el donador requiera para sí los óvulos o espermatozoides donados, siempre que en la fecha de la revocación aquéllos estén disponibles”.

Conforme la información recabada, a la fecha, la Ley General de Salud en México considera la donación de óvulos únicamente por una razón altruista y en caso de haber dinero de por medio únicamente es considerado una “compensación” por el procedimiento (esta información fue encontrada en la web y no directamente en la legislación). ¿Es esto suficiente para proteger a quienes deciden donar?

*Este es un pseudónimo por la protección de la mujer que narró su historia.

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