Sáb. Ene 17th, 2026

Mamá, papá soy gay: entre el miedo, el amor y la verdad

  • El rechazo parental puede ser una herida emocional.
  • La aceptación se construye desde el amor.
  • La homosexualidad parte de una idea equivocada de lo que es la normalidad.
Hay confesiones que no nacen del deseo de causar impacto, sino de la necesidad de respirar. Cuando un hijo o una hija se sienta frente a sus padres y dice “soy homosexual”, no está anunciando una ruptura con la familia, sino un acto de profunda honestidad. Detrás de esas palabras suele haber años de silencios, miedo al rechazo y una lucha interna entre el amor propio y el temor a perder el amor de quienes más importan.

Para muchos padres, ese momento llega como un terremoto emocional. No porque la orientación sexual de su hijo sea una tragedia, sino porque confronta expectativas, creencias culturales, religiosas y sociales profundamente arraigadas. Algunos reaccionan desde la confusión; otros, desde el dolor o la negación. En los escenarios más difíciles, el rechazo se expresa en frases que hieren: “es solo una etapa”, “te equivocaste”, “eso no es normal”. Estas respuestas, aunque a veces nacen del miedo y no del odio, pueden dejar cicatrices profundas en quien se atreve a hablar.

El rechazo

El rechazo parental no es un desacuerdo abstracto: es una herida emocional que puede traducirse en culpa, ansiedad, depresión o aislamiento. Numerosos estudios muestran que el rechazo familiar incrementa el riesgo de problemas de salud mental en jóvenes homosexuales. Cuando un hijo siente que debe elegir entre su identidad y su familia, el costo emocional suele ser devastador. No se trata de una diferencia de opiniones, sino de la negación de una parte esencial de su ser.

La aceptación

Sin embargo, existe también el otro escenario: el de la aceptación, que no siempre es inmediata ni perfecta, pero que se construye desde el amor. Hay padres que, aun sin comprenderlo todo, deciden escuchar. Preguntan, dudan, se equivocan, pero no rompen el vínculo. En esos casos, la confesión se convierte en un punto de inflexión: la relación cambia, se vuelve más honesta, más humana. La aceptación no significa ausencia de miedo, sino la decisión consciente de no dejar que ese miedo sea más fuerte que el amor.

Datos del Sureste

Más de la mitad de los padres (58%) tienen un nivel de aceptación medio hacia hijos homosexuales, y las madres tienden a mostrar mayor aceptación que los padres.

En Yucatán el 8.3% de la población se identifica como LGBTI +


Datos del Conacyt y el INEGI

Aceptar a un hijo homosexual no implica renunciar a valores, sino replantearlos desde la empatía. Significa entender que la orientación sexual no es una elección caprichosa, una moda ni una rebeldía. La homosexualidad no es una anormalidad. Desde hace décadas, la ciencia, la psicología y la medicina han sido claras: no es una enfermedad, no es un trastorno, no es algo que deba corregirse. Es una expresión natural de la diversidad humana, presente en todas las culturas, épocas y sociedades.

Llamar “anormal” a la homosexualidad parte de una idea equivocada de lo que es la normalidad. Lo normal no es lo homogéneo, sino lo diverso. Así como existen distintas personalidades, talentos o formas de amar, también existen distintas orientaciones sexuales. Lo que verdaderamente daña no es la homosexualidad, sino el estigma que la rodea y el silencio que la obliga a esconderse.

Para muchos hijos, decir la verdad no es un acto de desafío, sino de amor. Amor hacia sí mismos y hacia sus padres, porque vivir ocultándose también es una forma de distancia. Cuando un hijo se abre, está diciendo: “confío en ustedes lo suficiente como para mostrarles quién soy realmente”. Esa confianza merece cuidado, incluso cuando cuesta entenderla.

El camino hacia la aceptación puede ser largo, con tropiezos y contradicciones. Pero comienza con un gesto sencillo y poderoso: escuchar sin juzgar. Reconocer que, más allá de etiquetas, sigue siendo el mismo hijo, la misma hija que ríe, sueña, se equivoca y ama. La orientación sexual no redefine la esencia de una persona; solo la revela con mayor honestidad.

Al final, la verdadera pregunta no es si los padres están preparados para escuchar esa confesión, sino si están dispuestos a amar sin condiciones. Porque cuando un hijo dice “soy homosexual”, no está pidiendo permiso para existir, sino un lugar seguro para seguir siendo parte de la familia. Y ese lugar, cuando se sostiene desde el amor, puede sanar más de lo que cualquier explicación logra.

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