La sangre menstrual no solo no es tóxica, sino que además puede curar

Condenada por las religiones y la mala ciencia

Esta historia demuestra que “vergüenza”, “prejuicio” y “estigma” continúan siendo términos asociados a la menstruación, y que existen muchos falsos mitos en torno a ella.

Durante siglos, la sangre menstrual se ha considerado sucia e impura. En el Levítico, un libro del Antiguo Testamento, puede leerse: “Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche”. Y el Corán sentencia: “La menstruación es una impureza”.

Además de lo que se menciona en libros religiosos, varios estudios científicos también investigaron hace décadas la posible presencia de componentes tóxicos en la sangre menstrual y su impacto en diferentes organismos.

En 1923, los farmacólogos David I. Macht y Dorothy S. Lubin explicaron que tanto la sangre menstrual como las secreciones (sudor, saliva, etc.) de mujeres menstruantes contienen una sustancia tóxica llamada “menotoxina”, capaz de inhibir el crecimiento de las raíces y los tallos de plantas vivas, deteriorar las flores cortadas y reducir el crecimiento de células de levadura.

Poco después, en 1925, Macht supuestamente demostró que las inyecciones de suero sanguíneo de mujeres en período menstrual en ratas inducían depresión, pérdida de orientación y parálisis.

Estas teorías fueron confirmadas entre 1940 y 1945 por O. Watkins Smith y George Van S. Smith, quienes aseguraron haber identificado el endometrio premenstrual o menstrual como origen de la potente toxina, capaz de matar al 95 % de ratas en las que se inyectaba. Además, observaron que esta sustancia tóxica parecía ser idéntica a la necrosina, aislada del exudado pleural de perros con una reacción inflamatoria en curso.

Sin embargo, Macht, Smith y Smith no tuvieron en cuenta que la contaminación bacteriana de los globos de goma utilizados para recolectar la sangre menstrual durante 24 horas creó un ambiente propicio para la proliferación de bacterias como estafilococos, estreptococos, Escherichia coliKlebsiella pneumoniae y lactobacilos.

De hecho, cuando Bernhard Zondek repitió los experimentos de Smith y Smith en 1953, evitó la muerte de las ratas simplemente recolectando la sangre menstrual en condiciones estériles y administrando antibióticos. Así se desveló el misterio: la menotoxina no existe y, por lo tanto, no mata plantas ni ratas ni maridos.

Una fuente de células madre

En los últimos treinta años, la investigación sobre las células madre como herramienta terapéutica ha alcanzado logros inesperados. Gracias a sus hallazgos, sabemos que el endometrio, la capa más interna del útero, contiene unas células madre –llamadas mesenquimales– que desempeñan un papel fundamental en su reconstrucción después de la menstruación.

Como las de médula ósea, las adiposas y las del cordón umbilical, estas células madre son capaces de diferenciarse en tipos celulares más especializados, como cartílago, hueso y grasa. Además, presentan propiedades que las convierten en prometedoras candidatas para tratar enfermedades inmunológicas o inflamatorias.

Durante la menstruación, el endometrio se desintegra y es posible aislar las células mesenquimales de la sangre menstrual mediante un procedimiento indoloro, sencillo, económico, rápido y que no plantea problemas éticos. Tanto las células madre menstruales como el conjunto de factores solubles y vesículas extracelulares que secretan –conocido como secretoma– han demostrado su potencial tanto in vitro como in vivo.

Actualmente, el trasplante de células madre menstruales o su secretoma se encuentra en estudio clínico para afecciones como la baja respuesta ovárica, el daño pulmonar causado por la infección del virus H7N9, la cirrosis hepática, la diabetes mellitus y la covid-19.

¿Cuál será la dosis letal de células menstruales capaz de causar daño a los pacientes casados? Lo descubriremos cuando se publiquen los resultados de los estudios clínicos. Mientras tanto, ¡sigamos investigando!

Artículo publicado originalmente por The Conversation / Federica Marinaro Investigadora Postdoctoral en Reproducción Animal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas

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