La clase en el 304: un recordatorio de por qué existe el periodismo ciudadano

Siempre, siempre, interactuar con jóvenes deja algo de energía y esperanza. Escuchar sus inquietudes, sus temores, pero también sus sueños, permite asomarse a una realidad que muchas veces los adultos creemos conocer y que, en realidad, sólo estamos interpretando desde fuera.

Hace unos días tuve la distinción de ser invitada por una querida colega a una de sus clases en la Universidad Marista de Mérida para conversar sobre periodismo ciudadano. Frente a mí había estudiantes de Medicina, Administración e Ingeniería.

Lo confieso: no fue sencillo.

Resulta cada vez más complejo apartar la mirada de las pantallas, conseguir atención sostenida y, sobre todo, construir ese espacio de confianza en el que alguien se atreve a hablar de lo que verdaderamente piensa.

Intenté varias cosas hasta que regresé a dos tecnologías bastante antiguas: papel y pluma.

La instrucción fue sencilla:

“Escribe en diez líneas qué es lo que más miedo te da cuando piensas en salir de la universidad”.

Y entonces por fin sentí que había conseguido algo.

Escribieron.

Después intercambiaron sus textos y descubrieron que muchos de aquellos temores que creían personales también estaban en las hojas de sus compañeros.

Ahí comenzó realmente nuestra conversación sobre periodismo ciudadano.

Porque antes de contar una historia hay que identificar aquello que preocupa a una comunidad. Y no todos los problemas aparecen primero en las estadísticas, en los comunicados oficiales o en los titulares de los periódicos. Algunos comienzan en una conversación, en una experiencia cotidiana o, como aquella mañana, escritos en una hoja de papel.

Entre sus preocupaciones relacionadas con el futuro laboral aparecieron la saturación del mercado de trabajo, el temor a no estar suficientemente preparados para responder a sus exigencias, la desigualdad salarial y, en el caso de quienes estudian Medicina, algo especialmente inquietante: llegar a ejercer su profesión y no contar con los insumos necesarios para atender adecuadamente a sus pacientes.

Pero los otros miedos me parecieron todavía más reveladores.

No cumplir con las expectativas que los demás han depositado sobre ellos. No saber si podrán formar una familia. Conseguir verdadera independencia de sus padres. Y, aun teniendo una profesión, preguntarse si serán capaces de sostener económicamente un hogar.

No son preocupaciones menores.

Detrás de ellas aparecen asuntos mucho más grandes: empleo, salarios, costo de vida, vivienda, expectativas familiares, autonomía, condiciones del sistema de salud y, sobre todo, incertidumbre respecto al futuro.

Eso también es agenda pública.

Por eso me gusta entender el periodismo ciudadano como la mirada de las personas sobre aquellos asuntos de la realidad que afectan su vida cotidiana y que, convertidos en información, permiten comprender mejor el entorno, participar y tomar decisiones.

Los medios de comunicación y las redes sociales hablan frecuentemente de los jóvenes. Publicamos cifras sobre ellos, analizamos sus comportamientos, discutimos sus expectativas y hasta intentamos explicar lo que quieren.

Quizá necesitamos hacer algo mucho más sencillo: escucharlos.

El periodismo ciudadano ofrece precisamente esa posibilidad: que quienes viven los problemas sean también quienes ayuden a contarlos, investigarlos, documentarlos y ponerlos frente a la sociedad.

Porque hay una diferencia enorme entre hablar sobre los jóvenes y escuchar lo que los jóvenes tienen que decir.

Aquella mañana, una hoja de papel hizo lo que ninguna pantalla había conseguido: convertir varios miedos individuales en una preocupación colectiva.

Y ahí, justamente ahí, comienza una historia que merece ser contada

Lorena González Boscó, comunicóloga, internacionalista, profesora universitaria, constructora de ciudadanía, periodista, amante de los perros y amiga de los gatos. «Siempre he creído que más vale gente comprometida que capaz, porque la comprometida se hace capaz, pero la capaz no necesariamente comprometida.»