Quien camina por Mérida a primera hora o al caer la tarde conoce bien la escena. Vecinos con su perro con correa, bolsita en mano, cumpliendo con lo que pide el buen civismo. Muchos recogen las heces, y eso hay que reconocerlo. Pero queda algo de lo que nadie se hace cargo: la pipí. Se queda en el poste, en la esquina, en la fachada recién pintada y en la banqueta por donde pasamos todos. Con el sol yucateco encima, ese charquito se convierte en un olor agrio que en algunas cuadras ya es parte del ambiente.
Una ciudad que huele a esquina
El problema no viene solo de las mascotas con casa. A ellas se suman los animales que viven en la calle, que nadie pasea ni limpia. Un estudio sobre perros callejeros en Mérida estimó unos 4,764 en 2022 y unos 7,650 en 2023, un aumento importante en apenas un año. Activistas calculan alrededor de 70 mil perros ferales en todo Yucatán, la mayoría en Mérida. A eso hay que agregar los michis callejeros, que marcan su territorio con un olor todavía más penetrante.
De patio a departamento
Hay un factor más que pocas veces se menciona: la forma en que ahora vivimos. Mérida fue por décadas una ciudad de casas de un piso con patio, y en ese patio los lomitos hacían sus necesidades. Eso está cambiando rápido. En el norte de la ciudad, los edificios de vivienda vertical pasaron de cinco en 2015 a entre 54 y 59 en 2025, según datos del IMPLAN y de firmas inmobiliarias. El ritmo actual de 15 a 20 torres por año apunta a que habrá entre 180 y 210 edificios en 2035. Además, el segmento residencial vertical pasó del 47% de las ventas de vivienda en 2024 al 66% a mediados de 2025.
Y los perros se mudan con sus familias. En Yucatán, el 54.6% de los hogares tiene al menos un perro. Cuando vives en un departamento sin patio, el paseo deja de ser un gusto y se vuelve una necesidad: el perro tiene que bajar varias veces al día para orinar. El resultado es que se concentran más pipís en las mismas pocas banquetas, jardineras y postes alrededor de cada torre. La ciudad crece hacia arriba, pero los lomitos siguen haciendo pipí a nivel de calle.
Lo que dice la norma
En el papel, Mérida sí regula las heces. El Reglamento para la Protección de la Fauna obliga a quien pasea un perro a recoger sus desechos en bolsas impermeables y tirarlos en basureros. El Reglamento de Policía y Buen Gobierno también sanciona no recoger las excretas de los animales. Sobre la orina, en cambio, no dicen nada concreto. Hay un vacío normativo, y el olfato lo nota.
Lo que hacen otras ciudades
Hay ciudades que ya resolvieron esto. En Málaga, desde 2020, quien pasea un perro debe llevar un envase con líquido jabonoso o limpiador y echarlo sobre la orina «evitando la concentración de olores», con multas de hasta 500 euros. Barcelona hizo obligatorio diluir con agua la orina de los perros, con multas de hasta 300 euros y excepción para los perros guía. Sevilla exige llevar una botella de agua además de las bolsas. Alcalá de Henares acepta productos específicos o agua con vinagre, bicarbonato o limón, que se vierte sobre la orina. El hábito de salir con la botellita ya es normal en decenas de municipios.
Qué podemos hacer
En la medida más sencilla y probada: salir a pasear con una botella de agua y verterla sobre la pipí en cuanto el perro termine. Lo ideal es agregar unas gotas de jabón biodegradable o de un limpiador enzimático.

Mérida presume de limpia, segura y amable, y ahora también de moderna, con torres que cambian su horizonte. Para que también huela bien no hacen falta grandes obras, solo medio litro de agua en cada paseo. Si ya aprendimos a llevar la bolsita, podemos aprender a llevar la botella. Los lomitos no tienen la culpa. Lo que falta es que la gente adopte el hábito, que los nuevos edificios lo faciliten y que la autoridad lo ponga en el reglamento
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