Recuerdo una escena de hace muchos años, cuando trabajaba como psicólogo en una Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular (USAER).
Un maestro me buscó al terminar las clases. Se veía agotado. Me dijo que quería hablar de un alumno “problemático”. Pensé que me hablaría de conducta, disciplina o bajo rendimiento. Pero después de unos minutos guardó silencio y dijo algo que nunca olvidé:
— “No sé qué hacer… siento que ya no estoy llegando a él.”
Lo que transmitía, a diferencia de lo que podría creerse, no era enojo. En sus palabras había preocupación, cansancio, impotencia.
Detrás del escritorio no estaba solamente un docente intentando enseñar matemáticas o español. Había un ser humano tratando de sostener emocionalmente a un niño que cargaba mucho más de lo que podía expresar.
Con los años entendí algo profundamente importante: muchas veces, antes de aprender contenidos, los alumnos necesitan sentirse vistos.
Por eso el trabajo docente se vuelve algo tan complejo y más humano de lo que solemos reconocer.
Este 15 de mayo pienso en todas y todos los maestros que llegan al aula cargando también sus propias historias, preocupaciones, duelos, cansancios y crisis personales… y aun así intentan enseñar.
Porque enseñar no es solamente transmitir información.
Es detectar silencios.
Es notar cambios de conducta.
Es contener lágrimas.
Es escuchar problemas familiares.
Es intentar motivar a quien ya perdió la esperanza.
Es lidiar con grupos saturados, exigencias institucionales y desgaste emocional mientras se intenta mantener viva la vocación.
Y, sin embargo, pocas veces hablamos de la salud mental del profesorado.
Durante años he trabajado en distintos espacios educativos, desde bachillerato hasta posgrados, y hay algo que se repite constantemente: muchos docentes viven agotados emocionalmente, pero sienten que no tienen permiso de decirlo.
Porque culturalmente seguimos esperando que el maestro tenga siempre paciencia, respuestas, control, energía y vocación intacta. Como si enseñar no desgastara.
Hoy muchos docentes trabajan bajo presión constante:
carga administrativa,
violencia escolar,
exigencias familiares,
problemas de salud mental en el alumnado,
sobrecarga emocional,
y sistemas educativos que muchas veces piden resultados sin cuidar a quienes sostienen el proceso educativo.
Desde la mirada humanista con la que trabajamos en Alter Int, educar también implica vínculo, acompañamiento emocional y construcción de espacios seguros. Un maestro no solo enseña contenidos: muchas veces se convierte en referente afectivo, figura de apoyo o incluso en la única persona adulta que escucha genuinamente a un estudiante.
Y eso tiene un peso enorme.
Por eso creo que este Día del Maestro no debería quedarse solamente en felicitaciones y mensajes bonitos.
También tendría que servirnos para preguntarnos:
- ¿Quién cuida emocionalmente a quienes educan?
- ¿Quién escucha al docente agotado?
- ¿Quién acompaña a quienes sostienen grupos enteros todos los días?
Porque no podemos hablar de educación de calidad sin hablar del bienestar emocional del profesorado.
Y quizá también necesitamos dejar de idealizar la vocación docente como sinónimo de sacrificio permanente. Amar enseñar no significa tener que soportarlo todo.
A veces un maestro cambia la vida de alguien con una frase, una mirada de confianza o un momento de escucha. Yo mismo puedo recordar docentes que marcaron profundamente mi historia personal y profesional.
Pero también sé algo: para sostener vidas, primero hay que cuidar la propia.
Este 15 de mayo quiero invitarte a hacer algo más que felicitar a tus maestros favoritos.
Reconoce su esfuerzo.
Escúchalos.
Valora el desgaste emocional que muchas veces atraviesan en silencio.
Y si eres docente, recuerda algo importante: cuidar de ti también forma parte de educar.
La educación no solo transforma mentes.
También puede sanar historias.

Psicólogo y Sexólogo humanista
Activista social, apasionado por la promoción de las salud mental, la educación de la sexualidad y la prevención social.
El poeta decía «caminante no hay camino, se hace camino al andar»
Y estoy convencido que en esta vida caminamos y lo hacemos en compañía.
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