Mar. Mar 3rd, 2026
Para mí, el mar es una maravilla creada por el padre que nos ama, es él quien nos regala cada día este hermoso espectáculo. El mar, a veces está bravo, en otras ocasiones muy pacífico. Pero siempre me resulta relajante estar cerca: oír el murmullo de sus olas, el encanto de ver su movimiento, el va y ven de las olas no solo me relaja, sino que me llena el corazón. La brisa que acaricia mi piel, refresca del fuerte sol, le da libertad y confianza a las aves que vuelan cerca, se bañan en el agua, descansan, buscan con calma su alimento… Todo esto solamente podría ser la creación de un Ser supremo, sabio, generoso, compasivo, lleno de amor por la humanidad.

El mar es el mejor lugar para mí, para mi cuerpo, mente, un espacio abierto para descansar, divertirse, estar en armonía. Y lo mejor es que se puede compartir con el amor, la familia; nos regala momentos de paz.

Todo eso reflexioné sentada en la arena, mirando el oleaje. Una dicha que me puedo permitir ahora que estoy jubilada.

Desde aquí, desde la jubilación, reflexiono que cuando tomamos la decisión de estudiar y ejercer una profesión, sea cual sea, aún no se ha tenido la necesidad ni el tiempo para visualizar cómo será la vida de manera completa: hogar, familia, trabajo, ingresos, diversión, salud, etcétera.

Eso nos pasa a todos, sabemos que hay trabajos de tiempo completo, quizá lejos del hogar, en una oficina o en una escuela, o de medio tiempo.

En mi caso, inicié como muchas compañeras, lejos de casa teniendo 18 años. Todavía empezando a ser una adulta, adquiriendo responsabilidades, en etapa de diversión; sin embargo, empecé con el entusiasmo de la edad, del primer trabajo, el primer salario, la independencia en la toma de decisiones.

Pasó el tiempo y la vida comenzó a cambiar. Me casé y las tareas ya no eran solamente las del trabajo remunerado, sino también las del hogar. Luego llegó la etapa del embarazo en donde, a pesar de los cambios hormonales y del cuerpo, una tiene que continuar realizando en el trabajo actividades como cantar, bailar, planear, cuidar, enseñar, cambiar de ropa a los niños si se manchan, hacer materiales didácticos… Tengas náuseas, cansancio, dolor de espalda, tienes una función muy clara por cumplir, tu trabajo no es con una máquina que puedas pausar: tu trabajo es con seres humanos que necesitan de tu guía, dirección, apoyo, cariño y respeto porque están en formación a tu cuidado.

Al llegar a casa, el trabajo no termina, las tareas domésticas están ahí: preparar comida, limpiar, lavar ropa, y atender a los hijos si los tienes, ir y venir durante la tarde en actividades fuera de casa. Sin importar esto, o tus actividades personales, aún con cansancio o estrés, hay algo que en la docencia siempre será fundamental: recordar tu papel en la enseñanza.

Esta es una situación que miles de maestros viven día a día; sin embargo, también es importante escuchar al cuerpo, porque de no hacerlo, puede llegar a pagarse un precio muy alto: con la salud. Esto les ocurre a muchas maestras y maestros. Y, sí, también pasa en otras profesiones como la arquitectura, las leyes, ingenierías y otras; pero hay una diferencia, pueden tomarse un descanso para respirar, tomar aire fresco, o tomarse un café a media jornada. Mientras que en el magisterio no hay una pausa, incluso en la hora del recreo, la labor continúa, pues son las niñas y niños quienes tienen tiempo para divertirse, relajarse y comer; pero las y los maestros, continúan con su labor de cuidados.

A veces resulta más estresante porque tus alumnos entran en contacto con más niños, están en un espacio más abierto, corren, saltan e incluso a veces hay dificultades con alumnos de otro grupo, por lo que el «descanso » del maestro, se disuelve rápidamente.

Todas las carreras son importantes, pero un maestro FORMA personas y eso no se elimina con control Z ni existe la opción de rehacer.

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