Convertirse en madres y padres transforma profundamente la vida de pareja. Las prioridades cambian, el cansancio se acumula y el tiempo se reduce.
En ese contexto, muchas personas llegan a consulta diciendo cosas como:
“No sé en qué momento dejé de sentirme yo”
“Antes no era así, pero ahora todo termina en pleito”
No siempre se trata de violencia evidente; a veces son señales sutiles —red flags— relacionadas con el control y el poder, que se van normalizando con el argumento de “es por la familia”.
Desde el acompañamiento psicológico, entendemos que una relación sana no se construye desde el miedo ni desde la dependencia, sino desde el encuentro entre dos personas que pueden vincularse sin perder su identidad.
Autonomía económica: elegir, no depender
Una de las alertas más frecuentes aparece cuando una persona ha perdido o nunca ha logrado construir autonomía económica.
En consulta se escucha:
“Yo no trabajo, él/ella se encarga de todo, así que no siento que tenga derecho a opinar”
“Cada gasto tengo que justificarlo, aunque sea para mí”
Estas dinámicas suelen presentarse como “acuerdos”, pero con el tiempo se convierten en mecanismos de control.
La autonomía económica no implica competir ni romper el proyecto familiar; implica contar con recursos —propios o compartidos de manera justa— que permitan decidir. Cuando alguien puede decir: “Si quisiera, podría sostenerme por mí mismo/a”, aparece una fuerza interna distinta. No se trata de irse, sino de quedarse desde la libertad.
Trabajar este punto en terapia ayuda a resignificar el dinero no como poder, sino como herramienta para la corresponsabilidad y el cuidado mutuo.
Estabilidad emocional: responsabilizarse de lo que siento
Otra señal de alerta aparece en el terreno emocional. Frases como:
“Siempre termino pidiendo perdón aunque no sepa qué hice”
“Me dice que soy muy sensible”
“Cuando se enoja, mejor me quedo callado/a”... hablan de vínculos donde el miedo sustituye al diálogo.
La estabilidad emocional no significa ausencia de conflicto, sino capacidad para afrontarlo sin anularse. En procesos terapéuticos, también emergen frases que muestran recursos personales:
“Estoy aprendiendo a decir lo que necesito sin gritar”
“Me doy cuenta de que mis celos tienen que ver conmigo”
“No quiero que mis hijos piensen que el amor duele”
Reconocer emociones, poner límites y pedir apoyo no debilita la relación; la vuelve más honesta.
Acompañar es ayudar a las personas a reconectar con su valía y con su derecho a ser tratadas con respeto.
Las amistades también cuidan
Un tercer elemento clave es la red social. Muchas personas llegan a consulta diciendo:
“Desde que somos pareja, ya casi no veo a mis amigos”
“Siempre hay un problema cuando quiero salir”.
El aislamiento no suele aparecer de golpe; se instala poco a poco, disfrazado de “priorizar a la familia”.
Sin embargo, también aparecen frases que muestran fortaleza:
“Mis amigas me ayudaron a darme cuenta de que algo no estaba bien”
“Cuando recuperé mis espacios, me sentí más fuerte”
Las amistades no compiten con la pareja; sostienen la salud mental y amplían la mirada cuando el vínculo se cierra sobre sí mismo.
Elegir relaciones que cuidan
Educar hijas e hijos también implica mostrarles cómo se ven las relaciones sanas: aquellas donde hay autonomía, respeto emocional y redes de apoyo. Escuchar esas frases internas que incomodan —“esto no me hace bien”, “no quiero vivir así”— es un primer acto de autocuidado.
Buscar acompañamiento psicológico no es una señal de fracaso, sino de responsabilidad afectiva. Las relaciones pueden transformarse, pero nunca a costa de perderse a uno mismo o a una misma en el intento.
Elegir relaciones que cuidan
A veces, lo más difícil no es reconocer las red flags, sino aceptar que algo de lo que vivimos no se parece al amor que imaginábamos. En consulta, muchas personas lo dicen en voz baja:
“No es tan grave, pero ya no me siento en paz”
“Si esto es amor, ¿por qué me siento tan cansado/a?”.... Esas preguntas buscan verdad, entender qué pasa.
Fortalecer una relación no significa aguantarlo todo ni sacrificar la propia dignidad “por el bien de la familia”. Al contrario: las hijas y los hijos aprenden de lo que ven. Aprenden si el amor se vive desde el respeto o desde el miedo; si los límites existen o si siempre se negocian en contra de uno mismo.
La autonomía económica, la estabilidad emocional y las redes de amistad no rompen a las parejas; las protegen. Son recursos que permiten decir “quiero estar aquí” y no “tengo que estar aquí”. Cuando una relación necesita control para sostenerse, algo ya no está funcionando.
Si al leer este texto alguna frase te resultó incómoda, si algo resonó más de lo esperado o si te descubriste justificando situaciones que te duelen, vale la pena detenerte. Escuchar esas señales internas también es una forma de cuidado.
Buscar acompañamiento psicológico no es rendirse; es hacerse cargo. Es elegir relaciones donde el amor no quite libertad, donde el vínculo no anule la voz y donde el poder no sustituya al encuentro.
A veces, el primer paso para fortalecer una relación no es cambiar al otro, sino atreverse a mirarse con honestidad y pedir apoyo profesional. Ahí empieza un camino distinto: más consciente, más humano y más digno de ser vivido.

Psicólogo y Sexólogo humanista
Activista social, apasionado por la promoción de las salud mental, la educación de la sexualidad y la prevención social.
El poeta decía «caminante no hay camino, se hace camino al andar»
Y estoy convencido que en esta vida caminamos y lo hacemos en compañía.
Raúl Rodríguez Sansores es egresado del I Curso-Taller de Periodismo Ciudadano organizado por Vive Mérida y Habitación Propia
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