Por: Rodolfo Brogan*
Mi abuelo solía trabajar frente al Pico de Orizaba, famosa cantina que sigue activa y se encuentra en la calle 43 del centro de Mérida, a unas pocas calles del remate de Paseo de Montejo. Mi abuela, por su parte, siempre veía cómo cruzaba la calle con sus amigos al mediodía y se resguardaban del mundo. Ella nunca la vio por dentro hasta hace un par de años que pudimos conocerla. ¿Qué había dentro que no podía conocer? La cantina en Mérida, Yucatán, es un lugar con historia y tradición, lleno de connotaciones de género, donde las mujeres no eran incluidas, y los hombres, al acaparar el lugar, imponían a su vez las maneras de ocuparlos. Maneras que van desde los chistes que se hacían, la forma de beber, los temas de los que se hablaban, todos ajenos a la realidad femenina, en un esfuerzo por escapar de la rutina, las largas jornadas de trabajo y, cómo no, del calor.
Por tanto, la cantina no solo es un espacio social de encuentro, también puede entenderse y ser tratada en cuanto a una institución social, una organización supraindividual, que, en palabras de George Simmel, “no son otra cosa que las consolidaciones […] de interacciones inmediatas que se producen hora tras hora y a lo largo de la vida entre los individuos” (Simmel, 2003 pg 33).
Pero en mis palabras (bastante más mundanas, todo sea dicho): podemos entender a esta organización como la agrupación de aquellas “prácticas” sociales, interacciones que en un principio son socializadas entre el grupo –en este caso los asiduos cantineros– y posteriormente institucionalizadas y normalizadas en un espacio determinado, la cantina, como nos atañe en este caso.
Pero, ¿qué significa que algo se encuentre institucionalizado? Pues no es tan complejo como suena; “institucionalizado”, algo grave, importante, serio… más bien, significa que ya se ha convertido en un sistema de prácticas continuadas en el tiempo dentro de una sociedad. Esto implica que las prácticas continuas ya no dependen de decisiones improvisadas, sino que hay una “correcta” forma de llevarlas a cabo, que se replica socialmente, hasta, en últimas instancias y de forma posterior a esta institucionalización, ser normalizadas por los demás individuos que pueden o no ser parte del grupo –recordemos al nuestro: los asiduos cantineros–. Así, el que un varón vaya a la cantina y se comporte de la forma que se espera, aún hoy día, no es visto como algo raro o distinto, sino como lo “normal”.
Bourdieu, prestigioso sociólogo francés, por su parte, nos desarrolla la idea de lo socialmente replicado con su concepto de habitus, definido como: “Sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes” (Bourdieu, 2009 pg 86). Parece que dice mucho y no dice nada; no es tu culpa, querido lector, es Bourdieu que es incomprensible como jeroglífico egipcio. Primero quiero traducir al cristiano este último trabalenguas: las “estructuras estructuradas predispuestas a … (y sigue hasta el infinito)” se entienden de forma concreta como la forma de hacer, pensar y, por ende, entender al mundo.
Mientras que su sistema de “disposiciones duraderas y transferibles” significa que, la cantina tiene, como ya mencioné anteriormente, su propio sistema de normas, jerarquías, conductas aprendidas y socialmente aceptadas y replicadas. Cabe aclarar que las normas no son escritas, sino que están inmersas en las mentes de los asiduos a las cantinas, predeterminando su cotidianidad, su forma de ser y hacer en el mundo. Y así, tanto la acción de ir a la cantina, como los ya mencionados chistes (en muchas ocasiones misóginos), la forma de beber (el exceso o la predilección de la cerveza por sobre la mixología, vista como “afeminada”), se introducen en las ideas y pensamientos de estas personas y moldean su vida cotidiana, inclusive fuera de la cantina.
Entendiendo el concepto, podemos afirmar que la cantina tradicional tiene un habitus masculino específico, detectado en lo que se dice, en cómo se bebe y en el cuerpo de los hombres que frecuentaban y siguen frecuentando este espacio. No obstante, al día de hoy, la cantina se ha diversificado, y desde hace unos años, se ha permitido la entrada a mujeres y se ha aceptado a grupos de jóvenes y turistas.
La pregunta clave aquí es: ¿Por qué? Aquí entran dos fenómenos que van de la mano y en ocasiones son usados como sinónimos: la turistificación y la gentrificación, términos ya reconocidos en nuestra ciudad, más en el centro de la misma.
Regresemos al habitus, ¿qué sucede con el habitus cuando la exclusividad del espacio se pierde? En ocasiones, pese a que el espacio físico en sí se abre a la diversidad, las ideas y pensares, toman más tiempo en ser modificadas. Y, aun con eso, podemos detectar que, en efecto, están en proceso de modificación. Por ejemplo, las mesas de varones que son cantineros “de la vieja escuela” se suelen situar en lugares apartados, esquinados en el espacio físico, replicando sus viejos habitus en una pequeña burbuja ausente de los cambios del espacio. Mientras que cada vez más mujeres entran en la dinámica cantinera, más jóvenes, y en muchas ocasiones turistas, se adueñan de cantinas por completo, como el caso de La Negrita, las disidencias sexogenéricas cada vez se vuelven más aceptadas, los chistes misóginos van desapareciendo, y el exceso de alcohol y borrachos, pese a que por la naturaleza misma de la cantina sea difícil que desaparezcan por completo, ha habido más controles, precauciones y hasta cadeneros y personal de “seguridad”.
Así, cuando mi abuela, mi madre y yo entramos al Pico de Orizaba, pudimos detectar todo esto: una disputa constante y tácita entre el viejo habitus, las viejas formas de ser en la cantina, que se resisten, y nosotros, representando al nuevo como familia, y que, por ende, hora tras hora, y en esta nueva forma de habitar lo cotidiano, vamos armando y desarmando esta organización tan compleja que es la cantina. Fuimos testigos de una transición. Todavía podíamos escuchar el eco de aquellos chistes y formas de ocupar el espacio que mi abuela solo podía imaginar desde la acera de enfrente. Esto mientras a su vez conviven con mesas de jóvenes y familiares como la nuestra.
Referencias:
Bourdieu, P. (2009). El sentido práctico. Siglo XXI Editores.
Simmel, G. (2002). Cuestiones fundamentales de la sociología. Gedisa editorial.
Rodolfo Brogan es estudiante de segundo semestre de la Licenciatura en Sociología Aplicada en la ENES Mérida Trabajo realizado para la materia Escritura y Construcción del Conocimiento a cargo de la Dra. Ana Silvia Canto Reyes.
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