Claves para comenzar una vida lectora sin frustraciones
"Un lector no nace, se hace". Aunque la frase suele atribuirse a distintas personas, encierra una verdad que vale la pena recordar: nadie llega al mundo amando los libros. La lectura, como cualquier hábito, se construye poco a poco.
Sin embargo, para muchas personas leer parece una meta inalcanzable. Hay quienes llevan años diciendo que quieren empezar a leer más, pero nunca encuentran el tiempo, abandonan los libros a la mitad o sienten que simplemente «no nacieron para eso». Con el paso de los años, la lectura termina convirtiéndose en una especie de territorio lejano, reservado para otras personas.
Pero en realidad, comenzar a leer es mucho más fácil de lo que parece y no implica leer cientos de libros al año ni comenzar con grandes clásicos de la literatura universal. Tampoco exige terminar cada libro que cae en nuestras manos. De hecho, muchas veces el problema no es la falta de interés, sino las expectativas poco realistas con las que iniciamos.
Una de las recomendaciones más frecuentes de promotores de lectura y bibliotecarios es comenzar con libros cortos. Una novela de cien páginas, un libro de cuentos o incluso una crónica pueden ser puertas de entrada mucho más amigables que una obra de seiscientas páginas. El objetivo inicial no es impresionar a nadie, sino descubrir el placer de leer.
También ayuda elegir temas que realmente despierten curiosidad. A algunas personas les apasiona la historia, a otras los misterios, los viajes, la ciencia, el feminismo, la naturaleza o las historias de amor. No existe una lectura «correcta» para comenzar. La mejor opción suele ser aquella que provoca ganas genuinas de pasar la página.
Otro aspecto importante es abandonar la idea de que todos los libros deben terminarse. Durante años se nos enseñó que dejar una lectura a medias era una especie de fracaso, cuando forma parte natural del proceso lector. Si un libro no conecta, no interesa o simplemente llega en el momento equivocado, está bien dejarlo y buscar otro.
La escritora argentina Liliana Bodoc decía que los libros tienen sus propios tiempos y encuentran a sus lectores cuando están preparados para ellos. A veces no es que un libro sea malo; simplemente no era el momento.
La constancia también suele ser más efectiva que los grandes esfuerzos. Leer diez minutos al día puede generar mejores resultados que intentar leer dos horas seguidas una vez al mes. Un capítulo antes de dormir, algunas páginas mientras se espera una cita o unos minutos durante el transporte pueden convertirse en pequeños espacios para construir el hábito.
Y quizás lo más importante: permitirse leer sin culpa.
No se trata de una competencia ni de una obligación moral. Leer no debería sentirse como una tarea más en una lista interminable de pendientes. Todo lo contrario, la lectura es un espacio de disfrute, descanso, descubrimiento e incluso compañía.
Jorge Luis Borges escribió alguna vez que siempre imaginó el paraíso como una biblioteca. Pero para llegar a ella no hace falta convertirse de la noche a la mañana en una persona que lee cincuenta libros al año. A veces basta con abrir una primera página y permitirse descubrir qué hay del otro lado. Leer también puede ser para ti, que has dicho tantas veces que comenzarás a leer, pero aún no has encontrado cómo hacerlo.
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