PRIMERA PARTE
Sé honesto contigo: cuando escuchaste por primera vez “voy al sexólogo”, probablemente pensaste en algo extremo, vergonzoso o urgente.
La sexualidad suele aparecer en nuestras vidas más como silencio que como conversación.
Y, sin embargo, en consulta suele empezar así:
“No sé ni cómo explicar lo que me pasa…”
“Siento que esto debería poder resolverlo solo/a.”
“Me da pena estar aquí por esto.”
Con los años he aprendido algo: nadie llega a sexología por superficialidad. Las personas llegan cuando lo que viven por dentro ya no cabe en el silencio.
Recuerdo a una paciente que dijo al sentarse por primera vez:
“No vine solo por sexo… vine porque ya no quiero sentir este nudo en el pecho.”
Y ahí está la clave. La sexología no trata únicamente de prácticas sexuales. Trata de personas, emociones, historia, vínculos, culpa, placer, identidad y significado.
No es técnica, es historia personal
La sexología clínica no es un manual de instrucciones.
No se trata de rendimiento, estándares o fórmulas.
Se trata de entender preguntas como:
- ¿Qué aprendí sobre el placer?
- ¿Qué parte de mi deseo ha sido callada?
- ¿Qué miedos cargo que ni siquiera sabía que tenían nombre?
A mitad de proceso, muchas personas dicen:
“Nunca me había escuchado hablar de esto sin sentir vergüenza.”
“Pensé que tenía un problema… ahora veo que tengo una historia.”
“No sabía que mi cuerpo también estaba cargando cosas del pasado.”
Ir con un sexólogo es entrar a un espacio donde se pueden desarmar mitos, resignificar experiencias y empezar a hablar con honestidad sobre lo que antes solo dolía en silencio.
¿Para qué sirve realmente?
Porque la sexualidad no es un compartimento aislado.
Impacta en la autoestima, la forma de vincularnos, la seguridad, el bienestar emocional.
Muchas veces las personas llegan pensando que el problema está “en el sexo”, y descubren que en realidad hay:
- Culpa aprendida
- Desconexión emocional
- Miedo al rechazo
- Dificultades de comunicación
- Experiencias pasadas no resueltas
Y entonces ocurre algo muy poderoso:
“No vine a que me arreglara… vine a entenderme.”
“Ahora sé que no estoy ‘mal’, solo necesitaba información y espacio.”
“Pensé que hablar de sexualidad era incómodo… ahora es liberador.”
La salud sexual también es salud mental. Y cuando se atiende, se transforma la manera de estar con uno mismo y con los demás.
¿Cuándo es momento de buscar acompañamiento?
No siempre es una crisis.
A veces es una sensación persistente de que algo no está en paz.
Señales frecuentes:
- Evitas el tema, pero te acompaña todo el tiempo.
- Hay tensión constante en la relación.
- El deseo cambió y no sabes por qué.
- El placer se volvió presión.
- La culpa aparece donde debería haber tranquilidad.
Y entonces aparece esta frase, muy común:
“Ya no quiero seguir ignorando esto.”
“Quiero dejar de tener miedo a mi propia sexualidad.”
“Quiero sentirme en paz con esta parte de mi vida.”
No hace falta tocar fondo.
Hace falta honestidad con uno mismo.
Y después del proceso…
Lo más valioso no es que “desaparezca un problema”, sino que cambie la relación que la persona tiene consigo.
Al final, muchos dicen:
“Ahora me entiendo, no me peleo conmigo.”
“Puedo hablar de lo que necesito sin sentir culpa.”
“Mi cuerpo dejó de ser un lugar de conflicto.”
“Pensé que venía por sexo… y terminé conociéndome.”
Eso es salud.
¿Y por qué conmigo?
Porque no trabajo desde el juicio, ni desde recetas, ni desde estándares.
Trabajo desde la escucha, la ciencia, la ética y el respeto profundo por la diversidad humana.
Aquí nadie viene a “arreglarse”.
Viene a comprenderse, reconciliarse y decidir con mayor libertad.
Pedir acompañamiento no es señal de debilidad.
Es un acto de responsabilidad emocional y valentía personal.
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Excelente artículo! El amor no debe doler. Me encanto que hables de la autonomía como la base para tener la libertad de elegir quedarse (por amor) no por necesidad.