Mar. Mar 17th, 2026

Lo que escucho cuando alguien dice: “Vengo con un sexólogo”

Hay una escena que se repite más de lo que imaginas:

La puerta se abre despacio.
La persona entra, mira alrededor, se sienta… y antes de hablar, suspira.

No es un suspiro cualquiera. Es el suspiro de alguien que lleva tiempo cargando algo que no sabía dónde poner.

A veces la frase inicial es directa:

— “Me da pena estar aquí.”

Otras veces viene disfrazada de explicación racional:

— “Creo que esto es más psicológico que otra cosa…”
— “No sé si esto sea tan grave, pero…”

Y casi siempre aparece una de estas:

— “Nunca he hablado de esto con nadie.”
— “Siento que debería poder resolverlo solo.”

Ahí es cuando sé que no están llegando por curiosidad,están llegando porque el silencio ya pesa más que la vergüenza.

Lo que no se ve desde afuera

Quien nunca ha estado en un proceso de sexología suele imaginar que este espacio es diferente a lo que en realidad es. Suelen creer que aquí se habla solo de actos, de rendimiento, de frecuencia, de “si funciona o no”.

Pero en realidad, lo que aparece es distinto.

  • Aparece la niña que aprendió que su cuerpo era algo que debía ocultar.
  • Aparece el adolescente que creció pensando que el deseo era algo peligroso.
  • Aparece la mujer adulta que lleva años fingiendo tranquilidad.
  • Aparece el hombre que nunca aprendió a decir que tiene miedo.

Y entonces dicen:

— “No sabía que esto también era parte de mi sexualidad.”
— “Pensé que venía por un problema físico… pero esto viene de mucho más atrás.”

La sexualidad no es solo lo que hacemos: Es lo que creemos, lo que sentimos, lo que tememos, lo que nos permitimos.

Hay un momento que siempre me conmueve

Ocurre cuando alguien deja de hablar en términos de “fallas” y empieza a hablar en términos de historia.

Cuando pasan de:

— “Tengo algo mal.”

a

— “Ahora entiendo de dónde viene esto.”

Ese cambio es muy profundo porque el problema deja de ser un enemigo y se convierte en un mensaje que aprendes a escuchar.

Y ahí suele aparecer otra frase que escucho mucho:

— “Nunca había tenido un lugar donde esto no fuera motivo de burla, juicio o morbo.”

Ese momento me recuerda por qué este trabajo es tan humano.

No siempre llegan por crisis

Algunas personas llegan porque algo duele.
Otras llegan porque están cansadas de fingir que no duele.
Y otras llegan simplemente porque quieren conocerse mejor.

Pero todas, en algún punto del proceso, dicen algo parecido a esto:

— “No sabía que vivir mi sexualidad podía sentirse más en paz.”

Y cuando eso ocurre, no estamos hablando solo de sexo, es algo mucho más de fondo: Estamos hablando de reconciliación personal.

Al final, casi nadie dice “arreglé mi problema”

Dicen cosas distintas:

— “Ahora puedo hablar sin miedo.”
— “Ya no me siento defectuoso/a.”
— “Aprendí a escuchar mi cuerpo.”
— “Me siento más libre.”

Cambia lo más importante, no solo la experiencia sexual, sino la relación con uno mismo.

Cada vez que alguien sale del consultorio después de varias sesiones, hay otro suspiro. Pero ya no es el del inicio. Es más ligero.

Como quien, después de mucho tiempo, dejó de cargar algo solo.

Y entonces entiendo que, a veces, ir con un sexólogo no es ir a hablar de sexo. Es ir a recuperar partes de ti que estaban esperando ser escuchadas.

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