Lun. Mar 2nd, 2026
Es un tema recurrente en estudios más o menos sesudos, e incluso en reels de redes sociales: el color está desapareciendo de nuestras vidas. Desde los coches a las casas, pasando por la moda y las marcas. 

Del análisis realizado por el Science Museum Group con más de 7 mil objetos cotidianos de sus colecciones desde 1800 se desprende que los colores grises y desaturados se han hecho más habituales a medida que avanzaba el siglo XX.

Esta afirmación coincide con la percepción de muchos observadores anónimos que aseguran que cada día hay menos cosas de colores en sus vidas, que los coches son tristes, que la gente viste masivamente de negro y que el interiorismo está dominado por las paletas más desaturadas de la historia. 

Colores y sentimientos

Los expertos en psicología del color atribuyen a los colores diferentes efectos: levantar el ánimo, excitar, relajar… Dice Eva Heller en su obra Psicología del color, una verdadera biblia para diseñadores, que “los colores y los sentimientos no se combinan de manera accidental; sus asociaciones no son meras cuestiones de gusto, sino experiencias universales profundamente enraizadas en nuestro lenguaje y nuestro pensamiento”. 

Con esto en mente, es lógico que los diseñadores de espacios u objetos que tienen que funcionar para todos y hacerlo en cualquier momento intenten minimizar el impacto de utilizar colores no neutros. Tener un coche naranja significa ir siempre en una cápsula optimista y enérgica, algo habitual en los años 70, por ejemplo. 

Ya explicaba la experta en color Leatrice Eisman que la paleta de tonos de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial buscaba el “optimismo terapéutico. Tras años de uniformes caqui y vehículos grises, en los 50 los colores saturados significaron progreso y modernidad, nuevos tiempos, adiós al sufrimiento”. 

También Jean-Philippe Lencos, investigador del “geocromatismo”, documentó cómo las paletas de color resurgieron tras la guerra para devolver la identidad perdida con los bombardeos. 

Esto tuvo su evolución y los años 80 redescubrieron, de algún modo, el color cemento, el blanco y negro y lo neutro, combinado con tonos saturados, dentro del movimiento pendular habitual en las tendencias. 

Ya lo adelantaban en el 78 el libro High-tech: The industrial style and source book for the home, con una visión del color como funcional o señalético sobre el gris tecnológico o brutalista. 

Librería de colores y formas variadas.
Separador de ambientes Carlton de Ettore Sottsass para Memphis, 1981, en el Milwaukee Art Museum.Saliko/Wikimedia CommonsCC BY

En plenos 80, tendríamos que hablar del estilo Memphis, colorista donde los haya, y con saturaciones nunca vistas en moda, mobiliario e interiorismo. Para algunos expertos, el estilo Memphis de Ettore Sottsass era un gran grito de color antes de la monocromía de hoy, una reacción al racionalismo gris que empezaba a imponerse en arquitectura e interiorismo de alto standing.

¿No es posible que esta cromofobia de la que creemos ser víctimas en el primer cuarto del siglo XXI sea un simple espejismo? Pensemos que el color dominó durante unas décadas muy concretas el panorama de la moda, la automoción y la decoración. Una isla de color en medio de un mar de grises. 

Siempre ha habido colores en arquitectura, moda y mobiliario. Incluso hoy. Del mismo modo, siempre ha habido tonos neutros, grises, blancos y negros.

Del Ford T a los supermercados

Pensemos en los siglos anteriores, en los edificios de piedra y mármol del siglo XIX (no en sus policromados ancestros grecorromanos), en las ropas decimonónicas. El negro fue el único color en los Ford T: “Cualquier cliente puede pintar su coche del color que desee, siempre y cuando sea negro”, decía Henry Ford, fundador de Ford Motor Company. Aquí mandaba la velocidad de secado de la pintura, esencial para el fordismo. Las razones técnicas y económicas son parecidas a las que se utilizan hoy para el resurgimiento de una paleta tan neutra y limitada. 

¿Y los juguetes de los niños? ¿Han sucumbido a la dictadura monocromática? Hemos visto algunas habitaciones infantiles llenas de osos de trapo tristes y grises, pero que haya padres “desalmados” no quiere decir que sea la norma. 

¿Y los productos de venta en supermercado? ¿No son una explosión de color, incluso por encima de los de los años dorados de la saturación? El psicólogo ambiental Paco Underhill explica que el ojo humano escanea colores en movimiento, identificando en los lineales la falta de color como “producto genérico o de bajo costo”. 

Cuando hablamos de vender galletas, nos olvidamos de los tonos neutros. Para algunos autores el color comunica el sabor, la frescura y la categoría del producto. Aquí las tendencias tienen poco o nada que decir: manda la biología, no la moda o el gusto del diseñador.

Si hablamos de moda, hablamos de péndulo una vez más. Cada año van y vienen tendencias, y es falso que vivamos en una constante de grises y arenas. Siempre hay colores vivos, pastel, neón o matizados que van y vienen.

Existe una tendencia entre los creativos más jóvenes de empezar a detestar el minimalismo cromático (y de diseño en general) de sus padres y mentores y apuestan por un maximalismo cromático. El maximalismo es una forma de autorregulación emocional. En un mundo incierto, rodearse de colores produce una sensación de seguridad que el gris no ofrece.

El rojo sobre fondo gris

No quiero dejar de citar al maestro Jean Baudrillard, que escribió sobre la “semiología de los objetos” y cómo en esta época los objetos dejan de ser útiles para ser signos. El rojo en un entorno gris no es un color, es un signo de estatus y diseño. El color no es todo practicidad y tendencia.

¿Y si el espejismo se produce sencillamente cuando, arrastrados por nuestro sesgo cognitivo, comparamos hitos estéticos aislados? No estamos ante una muerte del color, sino ante su especialización funcional. 

Hemos delegado el croma al estímulo inmediato del consumo (el supermercado) y a la rebeldía identitaria de los más jóvenes, mientras protegemos nuestros espacios de inversión con la neutralidad. 

El color no ha desaparecido; ha dejado de ser un ornamento para convertirse en un recurso estratégico que dosificamos según el mercado o nuestra propia salud mental. 

Quizás, al final, el gris no es tristeza, sino el silencio visual que necesitamos para procesar un mundo saturado. El color no ha muerto, solo se está tomando un respiro para ayudarnos con nuestra vida.

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