No quiero enterarme de la vida de mis hijos por las redes sociales

ByRedacción

18 de octubre de 2026
papa
Me enteré de que mi hijo había ganado un reconocimiento en la escuela porque su mamá publicó una fotografía en Facebook. Ahí estaba, sonriente, sosteniendo su diploma. Sentí un orgullo enorme, pero también una tristeza que me costó reconocer: no sabía que había participado en aquel concurso, mucho menos que había ganado.

Me quedé mirando la fotografía como quien llega tarde a una película. Conocía al protagonista, pero me había perdido buena parte de la historia.

Le escribí para felicitarlo y me respondió con un «gracias, pa» acompañado de un corazón. Para él seguramente fue suficiente. Para mí, no.

Últimamente descubro muchas cosas de mis hijos a través de una pantalla. Una fiesta, una salida con amigos, una actividad escolar o algún acontecimiento importante. Las redes sociales me permiten saber dónde estuvieron y con quién, pero no cómo se sintieron, qué les preocupaba o qué ocurrió después de tomar la fotografía.

Sin proponérmelo, me he convertido en espectador de una parte de sus vidas.

Recuerdo cuando eran pequeños y me contaban historias interminables sobre sus compañeros, sus maestros y lo que había ocurrido durante el recreo. A veces los escuchaba distraído, pensando en mis propios pendientes. Hoy daría mucho por recuperar alguna de aquellas conversaciones que entonces me parecían insignificantes.

Ahora, cuando pregunto cómo les fue, suelen responder «bien». Si quiero saber qué hicieron, dicen «nada». Y yo, que antes conocía a todos sus amigos, descubro nombres y rostros que ya no sé relacionar.

He cometido el error de convertir nuestras llamadas en interrogatorios. Pretendo recuperar en unos minutos todo lo que no supe durante la semana. Pregunto tanto que terminan impacientándose, y entonces me molesto porque siento que no quieren hablar conmigo.

Pero he comprendido algo: lo que para mí representa una semana de ausencia, para ellos es simplemente su vida cotidiana. No tienen por qué rendirme un informe cada vez que hablamos.

Tampoco sería justo responsabilizarlos de esta distancia. Yo también he dejado llamadas para después, he respondido mensajes con prisa y he estado demasiado ocupado para escuchar. La confianza no aparece automáticamente cada viernes, cuando comienza nuestro tiempo juntos.

Ser papá de fin de semana no debería significar ejercer la paternidad solamente dos días. También puedo estar presente un martes, preguntando por un examen, recordando algo que les preocupaba o enviándoles un mensaje sin exigir una respuesta inmediata.

Hace poco descubrí otra fotografía de una actividad que desconocía. Esta vez no pregunté por qué no me habían avisado. Simplemente escribí que me alegraba verlos contentos. Un rato después recibí una llamada y escuché una larga explicación sobre lo que había ocurrido.

Fue una conversación sencilla, pero me hizo entender que quizá había estado buscando la cercanía de la manera equivocada.

Mis hijos están creciendo y construyendo una vida en la que no siempre estaré presente. Habrá fiestas, reconocimientos, amistades y decisiones de las que posiblemente me enteraré después. Y eso también forma parte de aprender a ser padre.

No necesito aparecer en todas sus fotografías ni conocer cada detalle de sus días. Lo que necesito es construir una relación en la que puedan compartir conmigo sus alegrías y preocupaciones sin sentirse interrogados ni culpables.

Porque no me preocupa tanto perderme una fotografía. Me preocupa perder la confianza que hace que un hijo quiera contarle su vida a su papá.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.