Sí, a veces tengo celos de la vida que tienen sin mí

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Sí, tengo celos. No de su mamá. Tampoco de otra persona. Tengo celos de los martes, de ese martes cualquiera en el que alguno de mis hijos llegó de la escuela contando algo que le había pasado y yo no estaba ahí; del miércoles en que se enojó por alguna tontería; del jueves en que necesitó ayuda con una tarea. Incluso de esas noches absolutamente aburridas en las que no ocurrió nada.

Porque ser papá de fin de semana tiene una crueldad de la que casi nunca hablamos: uno puede estar presente en muchos momentos importantes y, al mismo tiempo, perderse cientos de momentos insignificantes. Y con los años he descubierto que una familia se construye precisamente con esos momentos.

Cuando llegan conmigo trato de ponerme al día. Pregunto cómo estuvo la escuela, qué hicieron durante la semana, cómo les fue en aquello que me habían contado. Pero a veces recibo respuestas que caben perfectamente en una palabra: “bien”, “normal”, “nada”. Entonces uno insiste: “¿Pero qué hicieron?”. “Nada, papá”. Claro que hicieron algo. Vivieron. El problema es que yo no estaba ahí para verlo.

A veces me entero varios días después de que hubo un examen importante, de que discutieron con un amigo, de que descubrieron una canción que ahora escuchan todo el tiempo o de que alguna cosa que antes les encantaba dejó de gustarles. Y entonces aparece una sensación extraña, aunque resulte obvia: mis hijos están creciendo también cuando no están conmigo.

Durante mucho tiempo pensé que mi responsabilidad era aprovechar cada minuto que teníamos juntos. Había que hacer algo: salir, comer, ir al cine, buscar alguna actividad. Como si el éxito del fin de semana pudiera medirse por la cantidad de recuerdos que lográramos fabricar antes del domingo. Con el tiempo entendí que quizá estaba tratando de competir contra algo contra lo que nadie puede competir: la vida cotidiana.

Porque la vida cotidiana tiene una enorme ventaja: está todos los días. Yo llego el viernes con ganas de conversar y quizá ellos simplemente quieren encerrarse un rato en su habitación. Tengo ganas de salir y quizá están cansados. Quiero saber qué ocurrió durante la semana y algunas veces ya no tienen ganas de contarlo.

Confieso que hay momentos en los que eso duele. Uno quisiera ser siempre la primera llamada, la persona a la que le cuentan inmediatamente lo bueno y lo malo. Quisiera conocer el nombre de todos los amigos, saber quién les cae mal, qué profesor les gusta, qué canción escuchan, qué les preocupa. Pero querer formar parte de la vida de nuestros hijos no nos da derecho a exigirles que nos reporten cada minuto de ella.

Ese ha sido uno de mis aprendizajes más difíciles: no quiero convertir mis ausencias en una deuda que ellos tengan que pagar. No quiero que cuando lleguen conmigo sientan que tienen que reconstruir los últimos cinco días para tranquilizarme. Mucho menos quiero hacerlos sentir culpables porque algo importante ocurrió y yo no fui la primera persona en saberlo. Porque entonces aquello que debería acercarnos puede terminar alejándonos.

También he aprendido a distinguir entre querer saber de su vida y querer controlar la vida que ocurre cuando no estoy. Mis hijos no son reporteros enviados a la otra casa. No tienen que contarme quién estuvo, quién llamó, qué hizo su mamá o qué conversación tuvieron. Tampoco deberían sentirse obligados a decidir qué información puede molestarme y cuál no. Esa vida también les pertenece.

Quizá por eso ahora intento preguntar diferente. Menos “¿qué hiciste esta semana?” y más “¿hubo algo esta semana que quieras contarme?”. Parece una diferencia pequeña, pero no lo es: una pregunta exige información; la otra abre una puerta. Y quiero que esa puerta permanezca abierta.

Porque llegará un momento —probablemente antes de lo que quisiera— en el que tampoco conoceré todos sus lunes aunque vivieran conmigo. Crecer significa precisamente eso: empezar a construir una vida a la que los padres ya no tenemos acceso completo. Tendrán amigos que conocerán historias que yo no conozca, parejas que escucharán confidencias que nunca llegarán a mis oídos, tomarán decisiones sin consultarme, se equivocarán sin avisarme y resolverán problemas solos.

Y eso no significará que haya dejado de ser su papá. Significará que ellos comenzaron a ser ellos.

Tal vez por eso he empezado a reconciliarme con los martes, con esos días que no compartimos, con las conversaciones que no escuché, con los desayunos en los que no estuve y con las pequeñas historias de las que quizá nunca me enteraré. Porque también esa vida que ocurre sin mí forma parte de la vida que quiero que tengan: libre, propia, suya.

Yo solamente quiero conservar un lugar dentro de ella. No necesito saberlo todo, estar en cada fotografía ni ser siempre la primera llamada. Pero sí quiero que, cuando algo verdaderamente importe, sepan que pueden marcar mi número. Aunque sea martes.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.