Cuando la educación especial comenzaba, se trabajaba con grupos divididos por discapacidad; es decir, un grupo era únicamente de personas con "deficiencia mental" –usando el término que se manejaba en los años noventas–, otros grupos e incluso escuelas completas trabajaban con personas con discapacidad visual, sordas, etcétera.
A raíz del año 1996 aproximadamente, se llevó a cabo la reorganización de servicios educativos y se implementaron los grupos y Centros de Atención Múltiple (CAM), pues hasta ese momento, solo existía este sistema de atención múltiple en Tizimin y Motul.
Esta modificación implicó que todos los maestros nos enfrentáramos a tener en nuestros grupos alumnos con cualquier discapacidad. Para atender dicho panorama, estudiamos por nuestra cuenta, investigamos, recibimos asesoría de la Secretaría de Educación Pública (SEP).
Al mismo tiempo, se empezó con la «integración educativa» que pretendía que niñas y niños con discapacidad pudieran ir a una escuela regular y no a un CAM. En ocasiones, dicha integración ocurría de acuerdo con el protocolo: haciendo los estudios, reportes, pruebas e informes correspondientes. O sea, con el aval de maestros y equipo de apoyo, en el caso de las escuelas que contaban con los recursos humanos necesarios para atender al alumno en integración.
Sin embargo, la integración mencionada, muchas veces comenzaba porque la vecina le decía a una mamá que su hijo podía entrar a la escuela regular, o simplemente porque tenía un hermano/a en la escuela y la maestra estaba de acuerdo con aceptarlo en su aula. El conflicto con estas situaciones era que, aunque padres y madres de familia no lo sabían, en muchos casos el personal docente aceptaba a sus hijos porque esto les brindaba puntaje en carrera magisterial, es decir, tenían la posibilidad de incrementar sus salarios al atender a alumnos con alguna discapacidad o necesidad educativa especial…
El problema es que esto no siempre implicaba una verdadera integración, sino una inserción. La diferencia es que al integrar se le hace parte del grupo, se le brindan herramientas y conocimientos; mientras que al hacer una inserción, se les sienta al fondo del salón, con actividades como pintar o cortar papel, o incluso comer y dormirse.
Incluso una mamá me comentó en alguna ocasión que su hijo podía entrar a la hora que pudieran llegar, a partir de tal «integración» en una escuela regular. Enterarme me partió el corazón, pues el alumno que conmigo ya manejaba conceptos de forma, tamaño, color, números, escribía su nombre, realizaba pequeñas copias, discriminaba palabras conocidas, etcétera, ahora solo asistía a la escuela a jugar.
¿Se están integrando o simplemente insertando a los alumnos a la escuela regular? Hay niñas y niños con discapacidad que cuentan con las habilidades de comunicación, socialización, independencia y autocuidado, que pueden ir a escuelas regulares; sin embargo, el personal debe estar capacitado para que realmente haya una integración.
Además, es necesario distinguir si para el alumno/a será mejor acudir a una escuela regular o a un CAM donde se le preparará para la vida, considerando sus fortalezas y acercándole conocimientos y aprendizajes que le serán útiles.
No se trata solo de que las niñas y niños vayan a la escuela como un trámite, es necesario brindarles herramientas que les permitan enfrentar la vida, ser independientes, sociables, capaces de comunicar sus necesidades.
Reconocer el derecho a la educación de las y los niños con discapacidad conlleva brindarles las herramientas que necesitan, no solo «permitir» que ocupen un lugar en el salón de clases.
Ojalá que como docentes siempre nos preocupemos por guiar a los alumnos e informar a los padres de familia acerca de lo que sus hijos necesitan en el ámbito social y educativo.
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