Esta semana, en Yucatán, varias de las cosas que deberían darnos cierta seguridad en nuestra vida cotidiana mostraron señales de fragilidad.
Un colectivo que acompaña 355 casos de personas desaparecidas advirtió sobre situaciones en las que jóvenes y adultos habrían sido atraídos fuera del estado mediante falsas ofertas laborales. Hay que decirlo con cuidado: no existen estadísticas oficiales que permitan afirmar que este mecanismo explique la mayoría de las desapariciones. Pero la advertencia existe y merece atención.
Casi al mismo tiempo conocimos otro dato inquietante. Responsables de un centro de atención a las adicciones señalaron, citando información de Conasama, que el consumo de drogas pasó de 10 a 16 por ciento en tres años, principalmente entre personas de 15 a 35 años, y que el cristal se encuentra ya entre las principales sustancias de contacto.
Dos noticias diferentes, pero con una coincidencia difícil de ignorar: los jóvenes aparecen como una población especialmente vulnerable. Y quizá deberíamos preguntarnos algo más profundo que cuántos desaparecen o cuántos consumen drogas: ¿qué está ocurriendo alrededor de nuestros jóvenes para que una oferta falsa de trabajo o una droga puedan encontrar terreno fértil?
Después está aquello que sostiene literalmente nuestra vida moderna: la electricidad. En apenas año y medio, la Península habría registrado cinco apagones masivos que acumulan alrededor de 3.3 millones de afectaciones a usuarios. El más reciente dejó sin servicio a 745 mil 533 usuarios.
Podemos discutir las causas particulares de cada apagón. Lo difícil es seguir considerando excepcional algo que comienza a repetirse.Porque cuando se va la electricidad no solamente dejamos de tener aire acondicionado. Se afectan comercios, semáforos, comunicaciones, sistemas de pago, refrigeración, escuelas, empresas y servicios esenciales.
Cerca de 1,200 niñas y niños podrían perder sus actuales espacios de cuidado si parte de las guarderías subrogadas del IMSS deja de operar. Y ahí descubrimos que una guardería tampoco es simplemente un lugar donde alguien cuida niños mientras sus padres trabajan. Es parte de la infraestructura invisible que permite que una ciudad funcione. Si desaparece ese espacio, alguien tendrá que quedarse en casa. Y muchas veces sabemos quién termina haciéndolo.
Finalmente está el Va y Ven. De acuerdo con la estimación de un representante transportista, alrededor de 200 unidades proyectadas o consideradas para el sistema no llegaron a prestar el servicio previsto, entre autobuses devueltos, detenidos, no incorporados y aproximadamente 45 Mini Va y Ven que no comenzaron operaciones. Al mismo tiempo, los usuarios siguen enfrentándose a filas y mayores tiempos de espera.
Aquí también conviene evitar simplificaciones: no significa necesariamente que existan “200 autobuses desaparecidos”. Hay unidades que nunca fueron trasladadas, otras fueron devueltas y otras permanecen detenidas.
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