Mar. Ene 13th, 2026
Por no revisar con cuidado la ruta del Maratón de Mérida 2026, terminé corriendo uno doble. Desde donde se deja el auto —en el inicio del paso deprimido de Paseo de Montejo— hasta el Monumento a la Patria; de ahí, al Remate de Montejo y de regreso. La categoría era de caminata de 3 kilómetros, aunque apenas dieron la salida y casi todos echaron a correr.

—¿No que era caminata? —reclama una señora.
—Es que se están preparando para los 10 kilómetros del año que entra —le responde otra.

Son las 5:30 de la mañana. El Monumento a la Patria está encendido: luces, música, animadores que dan instrucciones y marcan el ritmo del evento. Todo avanza sin contratiempos. Los participantes de 3 kilómetros son los últimos en salir. Las porras no se detienen a lo largo del trayecto. Muchos de los que arrancaron corriendo pronto bajan el paso y caminan: la condición física todavía no alcanza para completar los 3 kilómetros.

Paseo de Montejo sigue iluminado con luces navideñas. La música acompaña todo el recorrido, mezclada con los olores de orines en algunos tramos. Voluntarios reparten agua por si la deshidratación aparece. Un niño, de quizá cuatro años, está atento para hidratar a los participantes. Una madre corre junto a su hija, de no más de seis. Otra niña, de unos 12, le dice a su papá:

—Llevamos nueve minutos caminando y ya avanzamos muchísimo. ¿Cuánto falta?

Además de los refrigerios, una marca reparte cerveza. Todos están listos para recibirla.
—A partir de las siete —advierte quien la entrega—.
Al parecer, también es un privilegio reservado para las categorías más largas.

En esta categoría predominan las mujeres. Muchas acompañan a la pareja que corre 10, 21 o 42 kilómetros. Ellas también reciben playera, número, plátano, barrita y bebida energética; al final, incluso masaje, si se desea. Lo único que no hay es medalla. Esas están reservadas para las otras categorías.

—Deberían darnos medalla a nosotros también —dice un señor de avanzada edad.
Y tiene razón. Para muchos, esos 3 kilómetros representan un verdadero desafío físico y mental. ¿Por qué no reconocerlo?

De regreso al auto, cuando la jornada parece terminar, me encuentro con dos participantes. Conversamos unos minutos.

—Quieren quitar el maratón de Paseo de Montejo porque molesta al turismo —dice una.
—El turismo nos está arrancando la ciudad, pero no nos vamos a dejar —responde la otra.

El otro maratón

Al llegar al Remate de Montejo, las lonas recuerdan a las personas desaparecidas y la falta de justicia por el maltrato animal. La mayoría no las mira: están en otra carrera. Los manifestantes, en cambio, no pueden detener la suya; siguen buscando a sus familiares.

Al fondo, el alba comienza a levantarse. La luz parece regalarles un poco de esperanza.

El Maratón de Mérida, sin duda, es una experiencia que vale la pena vivir. Es la oportunidad de mirar a la ciudad no sólo como la blanca Mérida, sino como una ciudad de muchos colores, contradicciones y matices.

Lorena González Boscó, comunicóloga, internacionalista, profesora universitaria, constructora de ciudadanía, periodista, amante de los perros y amiga de los gatos. «Siempre he creído que más vale gente comprometida que capaz, porque la comprometida se hace capaz, pero la capaz no necesariamente comprometida.»

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