Mié. Mar 18th, 2026
Abrir correos, descargar archivos o conectarse a una red pública es parte de nuestra rutina. Nuestro día a día se desarrolla a través de dispositivos digitales que revelan mucho de nuestra vida personal, académica y laboral. Por ello, así como nos preocupamos por el cuidado de nuestra salud física, debemos hacer lo mismo con nuestros datos y equipos.

En México, hay 100.2 millones de usuarios de internet (es decir, 83.1 por ciento de la población de seis años y más, según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de la Información en los Hogares 2024, del INEGI). En este escenario, hablar de higiene digital es crucial.

La alta conectividad hace que cada vez más datos personales circulen en la red, por lo que debemos reducir riesgos y protegernos en este mundo cada vez más conectado, explica Carlos Tlahuel Pérez, coordinador de Seguridad de la Información de la Dirección General de Cómputo y de Tecnologías de Información y Comunicación de la UNAM.

“Higiene digital es el conjunto de buenas prácticas que permiten mantener la información segura y los dispositivos funcionales, incluso si no somos expertos en tecnología. Hoy, todos almacenamos en la computadora o celular registros académicos, laborales o financieros, un objetivo muy atractivo para fraudes, robos de identidad o ataques informativos”.

La protección digital se basa en tres pilares: confidencialidad, integridad y disponibilidad. Esto significa que la información sólo debe ser vista por quien debe, que sea imposible modificarla o borrarla sin autorización y que esté disponible cuando se necesite. Si alguna de estas condiciones falla, la vulnerabilidad aumenta, detalla el universitario.

Y es que los riesgos no son menores. Al cierre de 2023, las quejas por fraudes cibernéticos aumentaron en 20.1 por ciento respecto a 2022 y representan cada año una proporción mayor, al pasar de 59 por ciento en 2018 al 71 por ciento en 2023, según datos de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros.

“Entre las malas prácticas más frecuentes se encuentran el compartir memorias USB entre dispositivos, descargar piratería, concentrar toda la información en un equipo o proporcionar señas personales en sitios poco confiables. En el caso del software ilegal, el riesgo es mayor: por tratarse de programas modificados, pueden incluir códigos maliciosos diseñados para espiar la actividad del usuario, o robarle, sin que éste lo note”.

Otro punto crítico es el uso de contraseñas débiles o repetidas. Utilizar la misma clave para múltiples cuentas puede provocar que, tras una filtración, un atacante tenga acceso a correos, redes sociales o incluso plataformas institucionales (académicas o laborales). Esto no sólo afecta a nivel individual, sino a la infraestructura digital de toda la organización.

Hábitos básicos

Carlos Tlahuel recomienda adoptar hábitos básicos de higiene digital, como mantener actualizados los sistemas operativos y aplicaciones; instalar antivirus y firewalls; descargar sólo software de fuentes oficiales; usar contraseñas de más de 12 caracteres con mayúsculas y símbolos, y activar la verificación en dos pasos. Esto no garantiza una seguridad absoluta, pero sí dificulta los accesos malintencionados.

“También es importante extremar precauciones al acceder a un wifi público, pues al hacerlo los datos pueden viajar sin protección y quedar expuestos a terceros que escuchan la red. Por ello, se recomienda evitar operaciones sensibles, como transacciones bancarias o envíos de cosas muy personales al utilizar este tipo de conexiones”, expresa.

Finalmente, Tlahuel Pérez aclara que la higiene digital no es sólo una responsabilidad individual: cada quien forma parte de una red más amplia como familia, amistades o comunidad universitaria. Estos robos o filtraciones pueden comprometer hábitos, señas y rutinas de terceros. Por ello, recomienda segmentar la vida digital, respaldar con frecuencia y cargar en los dispositivos sólo eso que nos es estrictamente necesario.

“La higiene digital es, hoy más que nunca, una forma de autocuidado y responsabilidad colectiva. Proteger la información es protegernos a nosotros y a quienes nos rodean”, concluye.

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