Por Manuel Argüelles Sánchez
Cuando Rodrigo se mudó de Mérida a Monterrey, nos abrazamos como si no existieran los vuelos baratos ni el WiFi.
—Para eso está WhatsApp —me dijo, levantando el celular como si fuera una extensión natural de la mano.
Yo asentí. Sonaba lógico. Moderno. Suficiente.
Al principio lo fue.
Todos los días había mensajes. Memes de fútbol, audios desde el tráfico, fotos de lo que estábamos comiendo. Si yo tenía un mal día, él respondía en minutos. Si él estaba harto del trabajo, yo mandaba un audio largo con tono de “hermano mayor emocional”.
Nunca dejamos de hablar. Solo hablábamos distinto.
Y eso, en ese momento, parecía lo mismo.
La amistad que vibra
Nuestro chat era como una sala siempre encendida. No importaba la hora: el hilo seguía ahí.
Me gustaba esa sensación. Sentía que no lo había perdido. Que la distancia era solo geográfica. Que la amistad, esa que habíamos construido entre cervezas, partidos y conversaciones incómodas a las dos de la mañana, estaba intacta.
Pero un día me di cuenta de algo raro.
Rodrigo me escribió:
“Terminamos.”
Yo estaba en una junta. Le respondí rápido:
“¿Qué pasó? ¿Estás bien?”
Me contestó con frases cortas. Mandé consejos. Mandé bromas suaves. Mandé el clásico: “Todo pasa por algo.”
La conversación fue larga. Activa. Constante.
Cuando guardé el celular, sentí una especie de vacío. Había hablado mucho… pero no estaba seguro de haber estado.
Esa noche entendí algo incómodo: había acompañado el momento, pero no había compartido el peso.
La comodidad silenciosa
WhatsApp nos daba algo poderoso: continuidad. Nunca había un corte definitivo.
Pero también nos daba algo muy conveniente: distancia.
Podíamos responder cuando quisiéramos.
Podíamos ignorar un mensaje difícil unas horas.
Podíamos escribir cosas que quizá no nos atreveríamos a decir mirando a los ojos.
Y siendo honestos, a veces eso era más fácil.
Entre hombres, además, hay conversaciones que ya de por sí cuestan. El chat ayudaba a decirlas… pero también a diluirlas.
El día que nos vimos
Meses después viajé a Monterrey por trabajo. Le escribí:
“¿Te veo?”
Respondió en segundos:
“Obvio.”
Nos encontramos en un bar pequeño. Al principio hablamos como si estuviéramos dentro del chat: rápido, interrumpiéndonos con referencias internas, riéndonos fuerte.
Pero después hubo un silencio.
De esos que en WhatsApp se llenan con un sticker.
Ahí no había teclado.
Andrés bajó la mirada y dijo:
—La neta no te conté todo.
Y entonces empezó a hablar sin filtros, sin correcciones, sin borrar lo dicho. Yo no podía editar mi respuesta ni esconderme detrás de una frase ingeniosa.
Solo estaba ahí.
Y en ese momento entendí la diferencia: el chat había mantenido viva la relación; esa conversación la estaba profundizando.
Lo que aprendí
No creo que WhatsApp haya debilitado nuestra amistad. Al contrario, la sostuvo cuando la distancia podía haberla enfriado.
Pero tampoco creo que la pantalla sea suficiente.
Los mensajes mantienen el contacto.
La presencia construye el compromiso.
El chat es práctico.
La amistad real es incómoda a veces. Exige tiempo. Exige silencio compartido. Exige mirar al otro cuando se quiebra la voz.
Seguimos en contacto… pero ahora distinto
Hoy seguimos hablando casi diario. Memes incluidos. Audios también.
Pero hay algo que cambió: ya no usamos el “luego nos vemos” como comodín.
Ponemos fecha.
Porque entendí que estar disponibles en línea no siempre significa estar disponibles de verdad.
Y que la amistad, si solo cabe en una pantalla, se vuelve ligera.
La nuestra no.
La nuestra necesita mesa, ruido de fondo, miradas y ese tipo de silencios que no se pueden enviar por WhatsApp.
Seguimos en contacto, sí.
Pero ahora también hacemos espacio.
Vive Mérida, periodismo ciudadano, agradece la colaboración de Manuel Argüelles Sánchez, por hacer de nuestro portal la voz de los ciudadanos que comparten sus inquietudes.
ENTRADAS RELACIONADAS

