Mérida se vende como una ciudad ordenada, segura y “de primer nivel”. El discurso oficial insiste en la calidad de vida, la modernidad y el crecimiento. Pero basta caminar unas cuadras fuera del centro histórico, esperar el camión en una parada del Va y Ven o recorrer una colonia popular para que la narrativa se caiga a pedazos entre bolsas de basura, envases de plástico y restos de comida tirados en la calle.
La basura es hoy uno de los síntomas más claros del fracaso de la cultura cívica en Mérida. No se trata de casos aislados ni de “gente cochina”: es una práctica normalizada. Se tira basura porque no pasa nada. Porque nadie dice nada. Porque lo público sigue siendo entendido como algo que no es de nadie y, por lo tanto, puede usarse —y ensuciarse— sin consecuencias.
Las paradas del Va y Ven: vitrinas del abandono
Las paradas del sistema Va y Ven son el ejemplo más visible de esta contradicción. Diseñadas como símbolos de modernidad y movilidad digna, muchas se han convertido en basureros improvisados. Vasos de café, bolsas de frituras, envases de unicel y residuos orgánicos se acumulan en bancas, jardineras y banquetas.
No es solo falta de educación cívica: es abandono institucional. En muchas paradas no hay botes de basura suficientes, ni limpieza constante, ni vigilancia. Se invirtió en la foto, pero no en el mantenimiento. El resultado es un espacio público degradado que refuerza la idea de que nadie se hace responsable.
El mensaje que recibe el ciudadano es claro: usa el espacio, ensúcialo y vete. Aquí no pasa nada.

Recolección deficiente: la excusa perfecta
A esto se suma un sistema de recolección de basura irregular y desigual. En varias colonias del sur y en zonas de crecimiento reciente, el camión pasa cuando puede, cambia horarios sin avisar o simplemente no llega. La basura se queda días en la calle y termina desparramada por perros, lluvia o calor extremo.
Cuando el servicio público falla, la gente improvisa. Y cuando la improvisación se vuelve regla, el tiradero clandestino se normaliza. Es el caldo de cultivo perfecto para que la ciudad se ensucie sin que nadie asuma responsabilidad.

Crecimiento urbano sin planeación: producir basura sin saber qué hacer con ella
Mérida crece rápido, pero crece mal. Fraccionamientos nuevos aparecen sin que existan rutas claras de recolección, sin infraestructura para residuos y sin espacios públicos pensados para el uso real de miles de personas. Se autorizan desarrollos, pero no se garantiza lo más básico: cómo y dónde se va a manejar la basura diaria.
El resultado es una ciudad extendida, fragmentada y sucia, donde los residuos terminan en lotes baldíos, calles periféricas, monte y ahora también en paradas de transporte público.
La basura también es desigualdad
La basura no se distribuye de manera democrática. Se concentra en colonias populares, en la periferia y en zonas donde el Estado llega tarde o llega mal. Mientras algunas áreas reciben limpieza constante, otras viven entre desechos, malos olores y riesgos sanitarios.
Esto no es solo un problema ambiental: es un problema de justicia urbana. Vivir entre basura no debería ser el precio de habitar ciertos sectores de la ciudad.
Dejar de fingir que no pasa nada
La basura tapa coladeras, provoca inundaciones, atrae fauna nociva y contamina suelo y agua. No es un asunto estético ni menor. Es una señal clara de descomposición cívica y de una ciudad que crece sin control ni responsabilidad.
Las campañas de “no tires basura” ya no bastan. Se necesita vigilancia, sanciones reales, mantenimiento constante de espacios públicos —incluidas las paradas del Va y Ven— y una planeación urbana que deje de privilegiar la expansión sobre la habitabilidad.
Pero también se necesita algo incómodo: asumir que tirar basura es un acto de violencia cotidiana contra la ciudad.
Mérida no es limpia por naturaleza. Se limpia —o se ensucia— todos los días. Y hoy, entre la omisión de autoridades y la indiferencia ciudadana, la ciudad se está ensuciando frente a todos. Y lo peor: lo estamos normalizando.

Lorena González Boscó, comunicóloga, internacionalista, profesora universitaria, constructora de ciudadanía, periodista, amante de los perros y amiga de los gatos. «Siempre he creído que más vale gente comprometida que capaz, porque la comprometida se hace capaz, pero la capaz no necesariamente comprometida.»
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