Hay preguntas que no llegan con prisa. Se sientan frente a ti, te miran fijo y esperan. No gritan, no reclaman. Solo preguntan. Y cuando un hijo dice: “¿por qué ya no viven juntos?”, el mundo se queda un segundo en pausa.
No duele por lo inesperado. Duele porque sabes que esa pregunta no busca una cronología de hechos ni una lista de errores. Busca seguridad. Busca saber si el amor también se fue, si algo se rompió para siempre o si, de alguna forma, ellos hicieron algo mal.
El primer impulso suele ser técnico: explicar, justificar, ordenar los acontecimientos como si la vida fuera una línea recta. Pero esa explicación casi nunca alcanza. Porque los niños no preguntan desde la razón adulta, sino desde el miedo infantil a que todo lo que conocen pueda desaparecer.
Uno aprende, a fuerza de ensayo y error, que no se trata de contar la historia completa, sino de cuidar el corazón que pregunta.
Decir la verdad es importante, pero no toda la verdad cabe en una infancia. Hay verdades que se dosifican, no por mentira, sino por amor. No se trata de ocultar, sino de proteger. Los hijos no necesitan saber quién falló, quién se fue primero o quién dejó de amar a quién. Necesitan saber algo más básico: que no están en riesgo, que siguen siendo amados, que no perdieron su lugar.
A veces la pregunta llega en el momento menos pensado. En el coche, camino a la escuela. Antes de dormir. En medio de una tarea. Y uno, con el nudo en la garganta, tiene que responder sin romperse… o rompiéndose lo justo.
Porque también duele responder sin hablar mal del otro progenitor. Duele callar lo que uno siente injusto. Duele elegir el silencio cuando la tentación de explicar “mi versión” está ahí. Pero hablar mal del otro no alivia al adulto: confunde al niño. Y en ese campo minado, el padre —o la madre— soltero aprende que criar también es tragarse palabras.
“Ya no vivimos juntos porque a veces los adultos no sabemos estar bien juntos, pero sí sabemos quererte”, suele ser una respuesta suficiente. No perfecta. Suficiente. Porque no culpa, no divide, no carga.
Lo que nadie te dice es que esa pregunta no se hace una sola vez. Regresa. Cambia de forma. Se transforma con los años. Hoy es “¿por qué ya no viven juntos?”, mañana será “¿alguna vez se quisieron?” y más adelante “¿eso también me puede pasar a mí?”
Cada vez duele distinto.
Y también duele reconocer que no hay una respuesta que cierre del todo. La separación no se entiende de golpe; se procesa con el tiempo. Los hijos arman su propia narrativa a partir de pequeñas piezas: cómo los miras, si cumples lo que prometes, si estás presente cuando dices que lo estarás.
Al final, la respuesta más honesta no siempre es una frase, sino una conducta sostenida. Vivir de manera que ellos entiendan —sin palabras— que el amor no se terminó, solo cambió de forma.
Tal vez algún día, cuando sean grandes, puedan escuchar la historia completa. Tal vez no. Pero hoy, cuando preguntan por qué ya no viven juntos, lo único urgente es que sepan esto: que no perdieron una familia, que no fueron abandonados, que no tienen que elegir bando.
Duele esa pregunta porque nos enfrenta a nuestras propias fracturas. Pero también nos recuerda algo esencial: seguimos siendo el lugar seguro de alguien. Y eso, incluso en medio de la separación, sigue siendo un privilegio.
Porque al final, no viven juntos… pero el amor por los hijos sigue habitando el mismo lugar.
Nos leemos el próximo domingo.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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Difíciles preguntas para responder en una actualidad donde lo «anormal» es ser parte de un matrimonio de muchos años…
Ya la normalidad son las 2as o 3as vueltas por parte de uno o ambos. Lo normal ya es formar familias compuestas con «los tuyos, los míos y a veces los nuestros».
Gracias por éste artículo. Ayuda a tener pautas para respuestas a nuestros hijos.