Dom. Feb 8th, 2026

La tarea a las once de la noche

No falla. Son las once de la noche, el silencio ya se instaló en la casa y uno cree que el día terminó. Entonces aparece la frase que ningún padre quiere escuchar a esa hora: “Papá… se me olvidó la tarea”.

No es sólo la tarea. Es el cansancio acumulado, el reloj avanzando, la paciencia en números rojos y esa voz interna que dice que mañana hay que levantarse temprano otra vez. En ese momento, la paternidad se pone a prueba no en los grandes discursos, sino en los detalles más domésticos.

Como padre de fin de semana, he aprendido que la crianza no ocurre en horarios convenientes. Ocurre cuando ya apagaste la luz, cuando el cuerpo pide descanso y la mente exige control. La tarea a las once de la noche no viene sola: trae culpa, estrés y la tentación de resolverlo todo rápido para que el problema desaparezca.

Ahí aparece la disyuntiva. ¿Regañar o acompañar? ¿Hacer la tarea por él o sentarse al lado aunque el sueño gane la batalla? ¿Convertir el error en castigo o en aprendizaje?

No voy a romantizarlo. Hay noches en las que uno pierde la calma, levanta la voz o piensa que esto no venía en el manual (porque no hay manual). Pero también hay noches en las que entiendes que ese cuaderno abierto es una excusa para algo más grande: estar juntos, aunque sea desvelados, aunque sea con ojeras compartidas.

La tarea a las once de la noche también desnuda otra realidad: la carga mental. No solo trabajas, cocinas, limpias y organizas la semana; también recuerdas fechas, firmas, materiales y pendientes escolares. Y cuando algo se cae, como esa tarea olvidada, el peso se siente doble.

Sin embargo, hay algo poderoso en ese momento. Sentarse en la mesa, repasar instrucciones mal escritas, buscar un lápiz perdido y explicar por quinta vez lo mismo. Es agotador, sí, pero también es presencia. Es decir sin palabras: “Aquí estoy, aunque esté cansado”.

Al final, la tarea se entrega. Tal vez no perfecta, tal vez hecha con sueño, pero hecha. Y cuando apagas la luz otra vez, entiendes que la paternidad no se mide por el orden del día, sino por la disposición de quedarse cuando el día ya se terminó.

Porque ser padre soltero no es hacerlo todo bien. Es hacerlo incluso cuando ya no queda energía. Y a veces, la lección más importante no está en el cuaderno, sino en haber acompañado la tarea a las once de la noche.

Nos leemos la siguiente semana.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.

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