Lun. Ene 26th, 2026

Hablar mal de la madre: la tentación más dañina

Ser padre de fin de semana tiene silencios particulares. No son los silencios de la ausencia total, sino los silencios comprimidos en pocas horas: dos días para amar, escuchar, educar, corregir y, a veces, reparar lo que la semana desgastó. En ese espacio reducido, hay una tentación que aparece con frecuencia y que, aunque parezca comprensible, es profundamente dañina: hablar mal de la madre.

La escena es común. El hijo llega molesto, confundido o triste. Cuenta una regla que no le gustó, un castigo que le pareció injusto, una decisión que no entiende. Y ahí, justo ahí, el padre de fin de semana tiene una bifurcación frente a sí: acompañar sin dividir o aliarse desde el rencor.

Porque hablar mal de la madre puede parecer, en ese momento, una forma rápida de conectar. Un “sí, tu mamá exagera”, un “si vivieras conmigo sería distinto”, un “ella siempre hace lo mismo”. Frases que no se dicen con maldad explícita, sino con cansancio, frustración o deseo de ser el “lado bueno” de la historia.

Pero ese atajo cobra una factura altísima.

Cuando un padre desacredita a la madre, no solo hiere a la expareja: coloca al hijo en un conflicto imposible. El niño no escucha a dos adultos hablando mal entre sí; escucha a dos partes de sí mismo enfrentadas. Porque la madre no es solo una persona externa: es origen, es vínculo, es identidad.

El padre de fin de semana suele cargar con una sensación de desventaja. Llega cuando las reglas ya están puestas, cuando las rutinas ya existen, cuando las decisiones “difíciles” ya se tomaron. Y desde ahí, criticar parece fácil. Pero educar no es competir por simpatía. No es ganar puntos emocionales en cuarenta y ocho horas.

Además, hablar mal de la madre genera una falsa cercanía. El hijo puede asentir, incluso reírse, pero internamente aprende algo peligroso: que el amor puede ir acompañado de deslealtad, que escuchar implica tomar partido, que para estar bien con uno hay que rechazar al otro.

Nada más lejos de lo que necesita.

Callar tampoco significa justificar todo. Acompañar no es negar emociones. Se puede validar sin atacar: “Entiendo que te sentiste mal”, “Debe ser difícil para ti”, “Podemos pensar juntos cómo decirle lo que sientes”. Eso es distinto a convertir la conversación en un ajuste de cuentas.

Hablar mal de la madre también deja una herida futura. Porque los hijos crecen. Y cuando crecen, recuerdan. Recuerdan quién los cuidó emocionalmente y quién los usó como confidente, como juez o como escudo.

El verdadero reto del padre de fin de semana no es ser perfecto en poco tiempo, sino ser consistente. No sembrar dudas donde ya hay suficiente confusión. No descargar en los hijos lo que no se resolvió entre adultos.

A veces, la mayor muestra de amor no es decir lo que uno piensa, sino decidir qué no decir.

Porque al final, el hijo no necesita escuchar quién falló más o quién tenía la razón. Necesita saber que no tiene que elegir bando, que puede amar a ambos sin culpa, que su mundo no se rompe cada vez que cambia de casa.

Hablar mal de la madre puede parecer una victoria momentánea. Pero el silencio respetuoso, la palabra cuidada y la madurez emocional construyen algo mucho más valioso: un hijo que crece sin cargar guerras que nunca le pertenecieron.

Nos leemos el próximo domingo.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.

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