En el papel, el acuerdo está claro: fines de semana con papá o mamá. En la realidad, demasiadas veces ese tiempo se traduce en horas muertas, celulares como niñeras y la sensación incómoda de “no estorbes”. Nadie lo dice en voz alta, pero los hijos lo sienten.
Después del divorcio, algunos padres confunden la custodia con presencia física. Estar en la misma casa no es convivir. Compartir un techo no equivale a compartir tiempo. Y ahí empieza el daño silencioso.
Los fines de semana deberían ser el espacio para reconstruir vínculos, no para improvisar sobre la marcha. Sin embargo, el “luego vemos” se ha vuelto una constante. No hay plan, no hay expectativa, no hay intención. Para un niño, eso se traduce en un mensaje demoledor: no vales lo suficiente como para que piense en ti con anticipación.
La falta de planes no es un asunto logístico, es emocional. Los niños necesitan estructura para sentirse seguros, incluso —o sobre todo— cuando la familia ya se fracturó. Saber qué pasará el sábado o el domingo les da un punto de apoyo en medio de una vida que ya cambió sin que ellos lo eligieran.
Hay padres que usan el fin de semana de custodia como tiempo muerto: trabajan, salen, duermen, “descansan”. Los hijos se adaptan como pueden. Aprenden a no pedir, a no molestar, a entretenerse solos. A largo plazo, también aprenden a no contar con ese adulto.
El problema es que este abandono no es escandaloso ni evidente. No deja marcas visibles. Es un abandono cómodo, socialmente aceptado, incluso justificado: “es que estoy cansado”, “es que no tengo dinero”, “es que no sé qué hacer”. Excusas que no resisten el paso del tiempo ni la mirada de un hijo adulto.
Planear no significa gastar. Significa querer. Pensar con anticipación, organizar el día, proponer algo compartido. Cocinar juntos, salir a caminar, sentarse a platicar sin prisas. Lo básico, que hoy parece extraordinario.
Cuando no hay planes, el mensaje es claro: el tiempo con los hijos es relleno, no prioridad. Y ese mensaje se acumula, fin de semana tras fin de semana, hasta convertirse en distancia emocional.
La custodia no se cumple solo marcando días en el calendario. Se cumple cuando el tiempo asignado se llena de presencia real. Porque los hijos no recuerdan cuántos fines de semana estuvieron ahí, sino qué tan acompañados se sintieron cuando les tocaba estarlo.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
ENTRADAS RELACIONADAS

