Confesión de papá de fin de semana: llego el sábado a las 3 pm, con el coche hecho un desastre de migajas y el cerebro frito de reuniones. Mi hijo de 10 años me ve entrar y dice: "¿Ya jugamos fútbol?". Yo, que en la semana corro más detrás de deadlines que de balones, le suelto un abrazo rápido tipo "choque de superhéroes" y respondo: "¡Dame 5 minutos para cambiarme!". Error garrafal. Ese abrazo fugaz es como un café descafeinado: prometedor, pero no llega al alma.
Resulta que el abrazo no es sólo un «hola carnal», es un superpoder con respaldo científico. Cuando lo das de verdad (al menos 10-20 segundos, no un saludo de boxeo), el cuerpo libera oxitocina, la «hormona del amor», que baja el cortisol del estrés y calma hasta la amígdala, esa parte del cerebro que grita «¡peligro!» ante cualquier tontería. Imagínate: un abrazo tuyo puede apagar la alarma interna de tu hijo como quien apaga el radio en un viaje largo por la Mérida-Progreso.
Pero vayamos a lo personal, porque la teoría es bonita, pero las anécdotas son oro. Recuerdo una vez que mi sobrino adolescente (vamos a llamarlo «el rebelde») llegó gruñendo del colegio. En vez de sermonear, lo abracé fuerte mientras le decía: «¡Ey, máquina, pareces koala enojado!». Se rio, soltó el drama y terminó contándome su pelea con el profe. Días después, me confesó que eso lo salvó de un mal rato.
Historias así abundan: papás que, con un abrazo torpe, evitaron que sus hijos buscaran consuelo en pandillas o botellas, como en esas crónicas yucatecas donde el 33.9% de jóvenes de 12-17 años reportan consumo de alcohol o tabaco, cifras que duelen pero se combaten con conexión real.
Otro fail mío: el «abrazo distraído». Estábamos en el parque, mi hija se acerca emocionada con una flor, yo la abrazo… ¡mientras chequeo WhatsApp! Ella se va decepcionada, y yo me quedo como tonto pensando «¿qué pasó?». Lección: el abrazo de fin de semana debe ser full atención, no multitasking paternal. Especialistas recomiendan hasta 8 al día para adolescentes, porque reduce ansiedad y fortalece la autoestima, justo cuando ellos fingen que «ya no necesitan apapachos». En Yucatán, donde el embarazo adolescente supera el promedio nacional (con tasas altas en municipios como Halachó o Kanasín, y 95% de casos en menores de 14 ligados a abuso), un papá que abraza transmite: «Aquí estoy, sin juicios, para lo que sea».
Y no hablemos de despedidas. Ese abrazo al domingo por la noche, cuando se va con mamá, es el cierre épico. Una vez, mi hijo me dijo: «Papá, tus abrazos huelen a aventura». ¡Boom! Superpoder activado. Aunque seas el papá de «solo fines de semana», tus brazos son el refugio premium: accesible, gratis y con olor a protector solar yucateco.
Así que, carnal, este finde: olvídate del like en redes, invierte en abrazos. No perfectos, no de revista. Los reales, con sudor, risas y quizás un «¡ay, no me aprietes tanto!». Tu hijo lo recordará como «una vez mi papá me salvó con un abrazo». Y quién sabe, quizá hasta él te abrace de vuelta cuando seas tú el koala gruñón.
¿Qué esperas? ¡A abrazar se ha dicho!
Nos leemos el próximo domingo.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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