Dom. Mar 1st, 2026
El viernes a las seis de la tarde, el operativo comienza. Te sientes como un estratega militar preparando una incursión en territorio enemigo. Repasas la lista mental con precisión de cirujano: tres mudas de ropa, el cargador de la tablet, el libro de matemáticas para el examen del lunes y, por supuesto, suficiente ropa interior para colonizar Marte. Todo parece bajo control, hasta que cruzas el umbral de tu puerta.

Es entonces cuando la física cuántica entra en juego. Existe una ley no escrita que dicta que el objeto más vital para la estabilidad emocional de un niño —ese que garantiza que el sábado no termine en un apocalipsis de llanto— siempre se quedará en el «limbo» de la otra casa. El drama estalla el sábado a las ocho de la mañana: «Peluchín» no está. Y todos sabemos que, sin Peluchín, no hay paz en la Tierra, ni siesta posible, ni tregua diplomática.

La maleta del papá de fin de semana es un ente caprichoso y selectivo. Siempre contiene tres pares de calcetines de más, pero nunca el cepillo de dientes sónico con luces LED que es el único capaz de combatir las caries (según tu hijo). Al principio, como novato en estas lides, entras en pánico. Llamas a tu «ex» con la esperanza de un milagro logístico, solo para confirmar que el objeto en cuestión descansa plácidamente a 20 kilómetros de distancia.

Es aquí donde nace el «Papá MacGyver». Ante la ausencia del pijama de dinosaurios, una camiseta XL de Iron Maiden se convierte en un camisón de diseño vanguardista. ¿Faltó la cartulina para el proyecto escolar? Es el momento de descubrir que el cartón de una caja de cereales, con suficiente pegamento y fe, puede salvar una calificación. ¿No hay cepillo de dientes? El dedo índice y un poco de pasta se convierten en la herramienta de higiene más primitiva y efectiva del mundo.

Sobrevivir a estas crisis no se trata de lograr la maleta perfecta, eso es una utopía. Se trata de entender que lo que el niño busca cuando reclama ese juguete olvidado no es el objeto en sí, sino un pedazo de su seguridad cotidiana. Nuestro trabajo no es ser un servicio de mensajería impecable, sino ser el puerto seguro donde el olvido no es una tragedia, sino una oportunidad para la aventura.

La próxima vez que el silencio se rompa con un «Papá, se me olvidó…», respira. Un cepillo se compra en la farmacia de guardia, pero la anécdota de cómo fabricaron una capa de superhéroe con una toalla vieja porque la de seda se quedó en la otra casa… eso, se queda con ellos para siempre.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.

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