Abrir la alacena “solo para ver” y terminar con una galleta en la mano es una escena más común de lo que nos gusta admitir. Pasa después de comer, pasa por la noche, pasa cuando estamos cansados, estresados o tristes. Y casi siempre viene acompañado de una culpa automática: “no tengo fuerza de voluntad”. Como si el antojo fuera un defecto moral y no una señal del cuerpo.
Pero la ciencia —esa que aquí dejamos sin bata— cuenta otra historia.
La pregunta que vale la pena hacerse no es por qué comemos azúcar, sino por qué el cuerpo la pide con tanta insistencia, incluso cuando sabemos que “no deberíamos”. ¿Es realmente una falla de carácter o estamos peleando contra un mecanismo biológico muy bien afinado?
El cerebro es un órgano caro. Consume cerca del 20% de la energía del cuerpo y, aunque puede usar distintos combustibles, su favorito es la glucosa. El azúcar no es solo un placer: es una fuente rápida de energía. Cuando estamos cansados, estresados o con pocas horas de sueño, el cerebro entra en modo ahorro y busca atajos. El azúcar es el más eficiente.
Aquí entra en escena la dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y a la motivación. Cada vez que comemos algo dulce, el cerebro recibe un pequeño premio químico. No porque sea débil, sino porque está diseñado para aprender qué cosas le dan energía rápida y recordarlas. Evolutivamente, esto tenía mucho sentido: encontrar alimentos calóricos era una ventaja para sobrevivir. El problema es que hoy el azúcar está en todas partes y el cerebro sigue funcionando con el mismo software antiguo.
Entonces aparece el mito: “si tuviera más fuerza de voluntad, no se me antojaría”. La ciencia dice lo contrario. La fuerza de voluntad no vive en el vacío. Depende del descanso, del estrés, de las emociones, del entorno. Cuando estamos agotados mentalmente, el autocontrol disminuye. No porque seamos flojos, sino porque el cerebro prioriza lo urgente sobre lo ideal.
Además, muchos antojos no tienen que ver con hambre física, sino con hambre emocional. El azúcar actúa como un regulador momentáneo del malestar: calma, distrae, reconforta. No resuelve el problema, pero lo anestesia por unos minutos. Por eso aparece con más fuerza en días difíciles, discusiones, jornadas largas o cuando sentimos que no tenemos control sobre otras cosas.
Otra creencia popular es pensar que el antojo es puro capricho. Sin embargo, estudios en neurociencia y nutrición muestran que las restricciones rígidas aumentan el deseo. Cuanto más nos repetimos “esto no”, más protagonismo le damos. El cerebro interpreta la prohibición como escasez y responde con urgencia. No es rebeldía: es biología.

¿Entonces qué hacemos con esta información? Primero, dejar de culparnos. La culpa no reduce los antojos; al contrario, los intensifica. Segundo, entender que regular el consumo de azúcar no pasa solo por “aguantarse”, sino por atender el contexto: dormir mejor, comer de forma más regular, manejar el estrés, reconocer emociones. A veces el antojo no pide azúcar, pide pausa.
También ayuda cambiar la pregunta. En lugar de “¿por qué no puedo controlarme?”, probar con “¿qué me está faltando hoy?”. Energía, descanso, calma, compañía. El cuerpo suele hablar antes que la cabeza, y el antojo es uno de sus idiomas más claros.
Al final, el problema no es querer algo dulce. El problema es creer que ese deseo nos define como personas débiles. La ciencia nos recuerda que no somos una lucha constante entre razón y tentación, sino un sistema complejo que intenta mantenerse en equilibrio.
Así que la próxima vez que el azúcar toque a la puerta, quizá no haga falta pelear. Tal vez baste con escuchar qué hay detrás del antojo. Porque entenderlo, curiosamente, suele ser el primer paso para que deje de mandar.
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