No estaba en el calendario compartido. No venía en la mochila, ni en los mensajes de coordinación, ni en las listas de “cosas para traer el domingo”. Pero llegó. Y me tocó a mí.
Mi hija salió del baño con una mezcla de incomodidad y vergüenza. No hizo falta que dijera mucho. A veces la paternidad —aunque sea de fin de semana— se mide en esos segundos donde decides si te paralizas… o si das un paso al frente.
Porque nadie te entrena para esto. A los hombres, durante años, nos enseñaron a hablar de todo menos de lo importante. Y la menstruación, aunque es un proceso natural, sigue envuelta en silencios raros, en bromas incómodas y en una ignorancia que, de pronto, se vuelve evidente cuando estás solo con tu hija y te necesita.
“Creo que ya…”, me dijo.
Y ahí estaba yo, haciendo un rápido inventario mental: ¿tenemos toallas? ¿sé cuáles comprar? ¿cómo se usan exactamente? ¿qué necesita además? Pero más allá de lo práctico, la pregunta real era otra: ¿cómo la hago sentir tranquila?
Porque ese es el punto. No es la logística. Es la contención.
Le dije que todo estaba bien. Que no era nada malo. Que su cuerpo estaba cambiando, creciendo. Lo dije con la mayor seguridad que pude, aunque por dentro estaba googleando con la mirada cada rincón de la casa.
Fuimos a la tienda. Ese trayecto corto fue, en realidad, una especie de iniciación para los dos. Yo, aprendiendo a dejar de lado cualquier incomodidad absurda; ella, tratando de entender que no tenía que esconderse.
Compré más de lo necesario, por si acaso. Toallas de distintos tipos, analgésicos, chocolate —porque algo había escuchado al respecto— y hasta una bolsa de agua caliente que no sabía bien cómo usar, pero que sonaba a “papá responsable”.
Esa noche no hubo plan de película ni salida. Hubo té, cobija y conversación. Me explicó lo que sentía. Yo escuché. Sin corregir, sin minimizar, sin hacerme el experto. Solo estuve.
Y entendí algo importante: ser padre de fin de semana no significa estar en los momentos “cómodos”. Significa estar cuando toca, incluso —o sobre todo— cuando no sabes cómo.
La menstruación de tu hija no es un tema de mujeres. Es un tema de confianza. De cómo construyes un espacio donde ella pueda hablar sin miedo, sin pena, sin sentirse “rara” por algo que es completamente natural.
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de no evadir.
Porque ese día no solo le pasó algo a ella. También me pasó a mí. Dejé de ser el papá que improvisa fines de semana divertidos y me convertí —aunque sea un poco más— en alguien en quien puede apoyarse cuando la vida se vuelve incómoda.
Y, al final, de eso se trata.
De estar. Aunque no venga en el calendario.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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