Mar. Ene 13th, 2026

Cuando la escuela asume que siempre hay una mamá

ByAndres Ugalde

11 de enero de 2026
La primera vez no dije nada. La segunda tampoco. Ya para la tercera, entendí que no era un error aislado, sino una costumbre profundamente arraigada: la escuela asume que siempre hay una mamá.

“Avísenle a su mamá”, dice la nota en la libreta.
“Necesitamos hablar con la mamá”, comenta la maestra a la salida.
“¿Tu mamá puede venir mañana?”, pregunta la trabajadora social con total naturalidad.

Yo estoy ahí. De pie. Con la mochila colgada al hombro y el tiempo justo para llegar al trabajo. Pero, al parecer, no soy el interlocutor correcto.

Ser padre soltero en el sistema escolar es vivir una especie de invisibilidad educada. Nadie es grosero, nadie es malintencionado, pero todo está diseñado para otra figura. Una que cocina, firma, organiza, recuerda, acompaña. Una que, en el imaginario escolar, siempre está disponible.

La escuela no lo hace por maldad. Lo hace por inercia. Durante décadas, el cuidado cotidiano se asignó a las mujeres, y esa división se volvió norma, formato y lenguaje. Formularios que dicen “nombre de la madre”. Grupos de WhatsApp llamados “mamás de segundo B”. Reuniones programadas a las once de la mañana, como si todos los padres trabajáramos en casa.

Cuando eres padre soltero, cada una de esas cosas pesa un poco más. No por victimismo, sino por acumulación. Porque no solo estás criando: también estás demostrando, todo el tiempo, que sí puedes. Que sí sabes. Que sí estás involucrado.

Hay algo particularmente incómodo en que duden de tu capacidad sin decirlo. Te explican cosas que no explicarían a una mamá. Te preguntan si “también” revisas tareas. Te felicitan de más por hacer lo básico. Como si el cuidado, en manos de un hombre, fuera siempre excepcional.

Y luego están los momentos delicados. Las llamadas urgentes. Los temas emocionales. Las reuniones “importantes”. Ahí es donde la ausencia de la madre se vuelve un tema, aunque no debería serlo. No porque no importe, sino porque el niño ya tiene una estructura distinta, y la escuela tarda en aceptarla.

Lo más complejo no es corregir a los adultos, sino acompañar a los hijos cuando se dan cuenta. Cuando preguntan por qué todos los avisos dicen “mamá”. Cuando notan que su familia no aparece en los ejemplos. Cuando sienten que su realidad no cabe del todo en el salón de clases.

Ahí, como padre, uno vuelve a hacer malabares. Explicar sin confrontar. Defender sin enseñar rencor. Nombrar la diferencia sin convertirla en carencia.

Porque no falta nada. Hay otra forma.

No se trata de borrar a las madres, ni de competir, ni de pedir trato especial. Se trata de reconocer que las familias son diversas y que el cuidado no tiene un solo rostro. Que hay padres presentes, abuelas responsables, tutores atentos, redes distintas.

Cuando la escuela asume que siempre hay una mamá, no solo excluye a los padres solteros. También les enseña a los niños que hay un solo modo correcto de familia. Y eso, en un mundo tan amplio, es una lección incompleta.

Ojalá algún día las notas digan “familia”, “persona cuidadora”, “madre, padre o tutor”. Ojalá los grupos se llamen por el grado, no por el género. Ojalá no tengamos que aclarar nuestra existencia.

Mientras tanto, aquí seguimos. Firmando, asistiendo, acompañando. No como suplentes. No como excepciones. Como lo que somos: padres. Y eso, también, educa.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.

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