La promesa de deshacer una pérdida

Durante siglos, la extinción fue considerada un punto final. Cuando una especie desaparecía, no había forma de revertir el proceso. Hoy, la edición genética, la clonación y las técnicas de reproducción asistida han abierto una posibilidad que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción: crear organismos con características de especies desaparecidas.

A este campo se le conoce como desextinción. Sin embargo, el término puede llevar a una conclusión equivocada. La ciencia no puede recuperar exactamente un animal perdido, con su comportamiento, sus relaciones ecológicas y su historia evolutiva intactos. En la mayoría de los casos, se trataría de organismos modificados genéticamente para parecerse a una especie extinta o para recuperar alguna de sus funciones ecológicas. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza describe estos organismos como “proxies”: aproximaciones funcionales, no réplicas perfectas.

La pregunta, por tanto, no es únicamente si la tecnología puede hacerlo. La cuestión central es si debería hacerlo.

No es resucitar, sino reconstruir

El proceso comienza con la recuperación de fragmentos de ADN antiguo, obtenidos de fósiles, tejidos conservados en museos o ejemplares disecados. Como ese material genético suele estar incompleto y deteriorado, los científicos lo comparan con el genoma de una especie viva cercana.

A partir de esa comparación pueden editarse determinados genes en células de la especie actual. Después, esas células podrían utilizarse para producir embriones y, eventualmente, animales con algunos rasgos del organismo extinto.

Por eso, un “mamut lanudo” creado mediante estas técnicas no sería necesariamente un mamut en sentido estricto. Sería un elefante modificado para presentar características como mayor tolerancia al frío, más grasa corporal o una capa de pelo abundante. Algo similar ocurre con los proyectos que buscan recrear al dodo o a la paloma migratoria: el objetivo sería producir un organismo parecido o capaz de desempeñar una función ecológica semejante, no reconstruir de manera idéntica el pasado.

La propia organización Revive & Restore reconoce que no es posible resucitar literalmente a la paloma migratoria. Su propuesta consiste en utilizar genes de ejemplares conservados en museos e introducirlos en una especie cercana, la paloma de cresta blanca, para recuperar parte de su legado ecológico.

Los argumentos a favor

El argumento más fuerte a favor de la desextinción es la reparación del daño causado por los seres humanos. Muchas especies desaparecieron por la caza excesiva, la destrucción de sus hábitats, la introducción de especies invasoras o el cambio climático. Desde esta perspectiva, la tecnología podría convertirse en una herramienta para corregir, aunque sea parcialmente, algunas consecuencias de la actividad humana.

También se plantea que ciertos animales desaparecidos cumplían funciones importantes en sus ecosistemas. Grandes herbívoros, depredadores o dispersores de semillas podían modificar el paisaje y favorecer a otras especies. Recuperar esas funciones, aunque fuera mediante animales genéticamente parecidos, podría contribuir a restaurar ecosistemas degradados.

Además, las técnicas desarrolladas para la desextinción podrían beneficiar a especies que todavía existen, pero se encuentran al borde de desaparecer. La edición genética podría ayudar a recuperar diversidad perdida, reducir mutaciones perjudiciales o introducir características que aumenten la resistencia frente a enfermedades y temperaturas extremas. Investigadores han propuesto usar ADN conservado en museos y bancos biológicos para fortalecer poblaciones amenazadas, no únicamente para recrear especies extinguidas.

El caso del rinoceronte blanco del norte ilustra esta posibilidad. Aunque quedan solamente dos hembras y la reproducción natural ya no es posible, la secuenciación de su genoma y el desarrollo de células reproductivas a partir de células madre podrían contribuir a evitar la desaparición completa de su linaje. En este caso, más que recuperar una especie extinguida, se intentaría impedir que termine de extinguirse.

Los riesgos de jugar con el pasado

El primer problema es ecológico. Un organismo diseñado para parecerse a una especie desaparecida sería liberado en un mundo distinto al que existía cuando esa especie vivía. El clima ha cambiado, los hábitats se han reducido y muchas especies que antes compartían el ecosistema también han desaparecido.

Un animal reintroducido podría competir con especies actuales, transmitir enfermedades, alterar cadenas alimentarias o convertirse en una especie invasora. Los principios de la IUCN señalan que cualquier proyecto de este tipo debe evaluar la disponibilidad del hábitat, las causas originales de la extinción y los posibles efectos sobre otras especies.academic.oup

El segundo riesgo es genético. Los organismos creados mediante edición pueden tener cambios no previstos o una diversidad genética insuficiente. Una población pequeña y homogénea podría ser vulnerable a enfermedades y cambios ambientales. Por ello, los especialistas recomiendan ensayos graduales, monitoreo durante largos periodos y capacidad para detener el proyecto si aparecen consecuencias negativas.sciencedaily

Existe también una preocupación relacionada con el bienestar animal. Para producir un ejemplar viable podrían ser necesarios numerosos embriones fallidos, gestaciones complicadas y animales utilizados como madres sustitutas. Incluso los individuos que sobrevivan podrían presentar problemas de salud, comportamiento o adaptación.

No sería ético crear animales solo para exhibirlos en zoológicos, atraer inversión o generar publicidad. La investigación tendría que demostrar que los organismos producidos pueden vivir con bienestar y que su existencia no se justifica únicamente por la curiosidad humana.

¿Quién decide qué merece volver?

La desextinción también plantea un problema de prioridades. Los recursos para conservar la biodiversidad son limitados. Financiar la recreación de un mamut podría significar dejar sin apoyo proyectos para proteger especies que todavía existen y cuyo hábitat puede salvarse.

Esta crítica es especialmente relevante porque muchas extinciones no son inevitables. Se siguen perdiendo especies por deforestación, contaminación, tráfico ilegal, sobrepesca y expansión urbana. Crear un animal parecido a uno desaparecido no resolvería las causas que provocaron su desaparición.

Un artículo académico publicado en 2025 advierte que la desextinción no debería guiarse únicamente por la viabilidad técnica, el atractivo comercial o la capacidad de captar atención pública. También exige evaluación ecológica, revisión ética, participación social y prioridad para la protección de la biodiversidad existente.

La pregunta “¿podemos hacerlo?” suele atraer más atención que “¿quién se beneficia?” o “¿quién asume los riesgos?”. En países con comunidades indígenas y poblaciones locales vinculadas a los territorios, cualquier decisión tendría que incluir sus conocimientos, derechos y formas de relación con la naturaleza.

Aquí tres especies mexicanas extintas entre el S.XX y el S.XXI

Oso pardo mexicano

El oso pardo ocupaba zonas montañosas del norte de México, particularmente en Chihuahua, Coahuila y Sonora. La persecución directa, la cacería y la reducción de sus presas provocaron su desaparición del territorio mexicano durante el siglo XX. La CONABIO lo incluye entre los grandes mamíferos que ya desaparecieron del país.

Lobo mexicano

El lobo mexicano no está extinto globalmente, pero sí desapareció de la vida silvestre mexicana durante el siglo XX. La cacería, los programas de erradicación y el envenenamiento redujeron drásticamente sus poblaciones. Actualmente existen programas de reproducción y reintroducción; por eso no debe confundirse con una especie completamente extinta. La normativa mexicana lo clasifica como probablemente extinto en el medio silvestre.

Mexclapiques

Son peces dulceacuícolas endémicos de México que enfrentan una grave amenaza para su supervivencia. Tres de sus especies —el Mexclapique de Tuxpan (Ilyodon whitei), el Mexclapique escamitas de Jalisco (Ilyodon furcidens), y el Mexclapique de Tamazula (Ilyodon amecae)— se encuentran en peligro de extinción, principalmente debido a la degradación de sus ecosistemas. Clasificadas como especies prioritarias bajo la NOM-059-SEMARNAT-2010, su protección es urgente para preservar la biodiversidad de los sistemas acuáticos mexicano

Una ética de la prudencia

Recuperar especies extinguidas no es necesariamente inmoral. Puede ser éticamente aceptable en circunstancias muy específicas: cuando exista un beneficio claro para la conservación, se hayan eliminado las causas de la extinción, haya un hábitat adecuado y los riesgos puedan controlarse.

La intervención tendría que cumplir, al menos, cinco condiciones:

  • No desplazar recursos esenciales para proteger especies vivas.
  • Priorizar la restauración del hábitat antes que la creación del organismo.
  • Demostrar que el proyecto no causará sufrimiento evitable.
  • Evaluar sus efectos ecológicos mediante pruebas controladas y monitoreo de largo plazo.
  • Incluir a las comunidades afectadas y establecer quién responderá por los daños.

Desde esta perspectiva, la desextinción no debería presentarse como una máquina del tiempo ni como una licencia para destruir la naturaleza con la promesa de repararla después. La tecnología puede ayudar a conservar diversidad genética, fortalecer poblaciones amenazadas o recuperar ciertas funciones ecológicas, pero no sustituye la protección de bosques, mares, humedales y corredores biológicos.

La verdadera discusión

La discusión ética no se reduce a elegir entre estar “a favor” o “en contra” de devolver especies extinguidas. El punto decisivo es determinar para qué, cómo y bajo qué límites se utilizaría la tecnología.

Si la desextinción se convierte en un espectáculo empresarial, en una colección de animales imposibles o en una forma de distraer la atención de las extinciones actuales, sus riesgos probablemente superarán sus beneficios. Si, en cambio, se integra con la conservación tradicional, la restauración de hábitats, la investigación científica rigurosa y la participación de las comunidades, podría convertirse en una herramienta excepcional, aunque nunca en una solución mágica.

La extinción sigue siendo, en la mayoría de los casos, irreversible. Antes de intentar reconstruir el pasado, la sociedad tendría que demostrar que está dispuesta a cuidar el presente. Porque la pregunta más urgente no es si podemos devolver a la vida a un mamut, sino si seremos capaces de evitar que desaparezcan las especies que todavía caminan, vuelan y habitan nuestro planeta.