Esta semana conocimos un dato que, visto rápidamente, podría parecer una buena noticia: Yucatán ya tiene más de 2.5 millones de habitantes. La Encuesta Intercensal 2025 contabilizó 2 millones 502 mil 326 residentes, 7.81% más que en 2020. Somos más, vivimos en más viviendas y nuestra edad mediana pasó de 30 a 32 años. Pero detrás de una cifra demográfica hay una pregunta mucho más importante: ¿están creciendo al mismo ritmo nuestra capacidad de cuidarnos, protegernos y acompañarnos?
Porque mientras celebramos el crecimiento, seguimos encontrando historias que nos recuerdan que no todas las personas transitan por este Yucatán en las mismas condiciones. En escuelas de Mérida fueron detectados recientemente cinco casos de embarazo adolescente que tuvieron que ser canalizados a las autoridades para investigar posibles situaciones de violencia o vulneración de derechos. El Instituto Municipal de las Mujeres advierte que en muchos de los casos que atiende aparecen contextos de violencia y señala la necesidad de trabajar desde edades tempranas temas como consentimiento, límites y toma de decisiones informadas.
Y ahí encontramos una primera contradicción. Podemos construir más escuelas, hospitales y viviendas, pero de poco servirá si una adolescente no sabe reconocer cuándo están vulnerando sus derechos o no encuentra a quién recurrir cuando necesita ayuda. Cuidar también significa enseñar a identificar el riesgo antes de que se convierta en una tragedia.
Algo semejante ocurre con la salud mental. Esta semana se presentó en el Congreso de Yucatán una iniciativa que propone reconocer la posvención como un derecho: acompañar a una persona después de un intento de suicidio y también a las familias, amistades y comunidades afectadas después de una muerte por esta causa. La propuesta parte de algo que parece elemental, pero que durante demasiado tiempo hemos olvidado: superar una emergencia no significa que haya terminado el problema. La iniciativa aún debe recorrer el proceso legislativo; por ahora es una propuesta, no un derecho ya vigente.
Esa idea del acompañamiento puede extenderse incluso a la manera en que construimos la ciudad. El crecimiento urbano no afecta de la misma manera a todos. Hay familias con recursos para proteger sus viviendas, desplazarse, recuperarse de una inundación o buscar atención especializada y otras que enfrentan las mismas amenazas con muchas menos herramientas. La vulnerabilidad no empieza cuando llega el huracán, la enfermedad o la crisis; muchas veces estaba ahí desde antes.
También están los jóvenes que buscan trabajo. Para ellos, una oportunidad laboral debería representar independencia, experiencia y futuro. Sin embargo, esta semana volvimos a escuchar la advertencia de colectivos de búsqueda sobre ofertas laborales falsas que pueden utilizarse para enganchar a jóvenes. La necesidad económica, las ganas de comenzar una vida independiente y hasta la confianza con la que utilizamos las redes sociales pueden convertirse en puntos de vulnerabilidad. No significa vivir desconfiando de todo; significa construir mejores herramientas para verificar antes de aceptar, viajar o entregar información personal.
Y finalmente está el otro extremo de nuestra vida. Yucatán está envejeciendo. Las proyecciones incluidas en el Programa Nacional de Población indican que en 2031 tendremos más personas mayores de 60 años que niños menores de 12, un cambio que ocurriría tres años antes que en el conjunto del país. Ya en 2020 había 289 mil personas de 60 años o más en el estado y Mérida concentraba cerca de la mitad de ellas.
Cinco años pasan rápido. Quienes hoy tienen 55 años estarán entrando entonces en ese grupo. Y eso significa que hablar de envejecimiento no es hablar de “los viejitos” como si fueran otros. Estamos hablando de nosotros, de nuestros padres, de nuestras parejas y de la sociedad en la que queremos vivir. Habrá que pensar en cuidadores, atención geriátrica, enfermedades neurodegenerativas, pensiones, vivienda, transporte accesible y, quizá lo más difícil, en quién cuidará a una población mayor cuando las familias sean cada vez más pequeñas.
Vistas por separado, las noticias de esta semana hablan de población, embarazo adolescente, salud mental, vulnerabilidad y envejecimiento. Juntas cuentan otra historia: Yucatán está cambiando en todas las etapas de la vida.
Durante mucho tiempo hemos entendido el desarrollo como crecimiento: más habitantes, más viviendas, más inversiones, más infraestructura. Quizá ha llegado el momento de agregar otra medida. Preguntarnos cuántas adolescentes pudieron pedir ayuda, cuántos jóvenes reconocieron un engaño, cuántas personas encontraron acompañamiento después de una crisis y cuántos adultos mayores pudieron envejecer con autonomía y dignidad.
Porque dentro de cinco años seguramente seremos más y también seremos mayores. La verdadera pregunta no es solamente cuántos yucatecos seremos, sino cómo vamos a vivir y quién estará ahí cuando alguno de nosotros necesite ayuda.
Tal vez ésa sea una de las mejores maneras de medir el desarrollo: no solamente por cuánto crece un estado, sino por qué tan capaz es de cuidar a quienes crecen, viven y envejecen dentro de él.
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