Nadie me dijo que ser padre de fin de semana iba a enseñarme más en la cocina que en cualquier libro de crianza. Ni que una lavadora en marcha sería escenario de conversaciones importantes. Mucho menos que aprender a escuchar iba a ser más urgente que aprender a mandar.
Al principio, cocinar era sobrevivir. Resolver qué había en el refri, improvisar algo “más o menos saludable” y esperar que no lo odiaran. Con el tiempo entendí que la comida no era solo comida. Era rutina, era cuidado, era decir “me importas” sin necesidad de discursos. Aprendí que no todo tiene que ser perfecto, pero sí constante. Que sentarse a comer juntos importa más que el menú.
Lavar ropa fue otra lección inesperada. Separar colores, buscar calcetines perdidos, doblar camisetas pequeñas que crecen demasiado rápido. En ese acto repetitivo entendí el peso invisible del cuidado diario. Nadie aplaude la ropa limpia, pero todos la necesitan. Ahí comprendí que la paternidad no siempre se nota, pero siempre se siente.
Y luego está escuchar. Escuchar de verdad. No mientras revisas el celular. No para corregir. Escuchar para entender. Escuchar cuando hablan de la escuela, de un miedo que no saben nombrar, de una alegría mínima que para ellos lo es todo. Escuchar me enseñó que muchas veces no buscan soluciones, solo presencia.
Estas tareas, que antes parecían “ayuda”, se volvieron responsabilidad. Y en ese cambio entendí algo profundo: cuidar no me quitó masculinidad, me dio humanidad. Me hizo más consciente, más paciente, más vulnerable. Más papá.
Ser padre de fin de semana me enseñó que el amor no siempre se expresa en grandes gestos. A veces está en una comida sencilla, en una camisa limpia, en una conversación antes de dormir. En estar, aunque estés cansado. En aprender, aunque nadie te enseñó.
Hoy sé que mientras cocinaba, lavaba y escuchaba, estaba haciendo algo más importante: estaba construyendo un hogar. No perfecto, no tradicional, pero real. Y eso, al final, también es una forma de amor que se aprende todos los días.

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.
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