Durante las últimas dos décadas, el Parque Ecológico del Poniente ha sido testigo de un proceso acelerado de transformación urbana que ha ido desplazando la vegetación, reduciendo la humedad del suelo y elevando la temperatura superficial del entorno. Entre 2006 y 2026, este espacio perdió más de la mitad de su cobertura vegetal original y hoy apenas el 15% de su superficie conserva áreas verdes, mientras que la superficie construida pasó del 66% al 90%. A ello se suma un incremento de 0.7°C en su temperatura superficial promedio, una combinación de factores que ha debilitado su capacidad de regulación climática.
En ese contexto de deterioro ambiental, surge BioCorredor Poniente: un proyecto que no parte de la abundancia, sino de la urgencia por restaurar, cuidar y resignificar un espacio que fue una antigua sascabera y que hoy representa uno de los ecosistemas urbanos con mayor valor ambiental en Mérida. Más que una intervención aislada, la iniciativa plantea que los parques urbanos y los ecosistemas locales son infraestructura natural clave para el bienestar colectivo y la resiliencia de las ciudades frente al cambio climático.

El proyecto se desarrolló en el Parque Ecológico del Poniente como resultado del trabajo conjunto entre el Ayuntamiento de Mérida, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), Comex por un México Bien Hecho, el proyecto global CitiesAdapt de la Cooperación Técnica Alemana (GIZ), financiado por la Iniciativa Climática Internacional (IKI) por encargo del Ministerio Federal de Medio Ambiente de Alemania, así como la organización de la sociedad civil Colectivo Tomate y Cemex, a través de su iniciativa Nodos de Resiliencia.
BioCorredor Poniente se orientó a fortalecer la sustentabilidad urbana y la educación ambiental mediante la restauración de hábitats, la promoción de la biodiversidad y la implementación de acciones de adaptación al cambio climático en un entorno urbano que ha sido presionado por el crecimiento de la ciudad. Como respuesta directa a la pérdida de cobertura vegetal, humedad y capacidad de regulación térmica, el proyecto apostó por soluciones basadas en la naturaleza para recuperar el patrimonio natural del parque y aumentar su capacidad de adaptación climática.
El punto de partida fue un diagnóstico ambiental y social que permitió identificar el estado del parque, el funcionamiento del humedal y la relación de la comunidad con el espacio. Este proceso contó con el acompañamiento técnico de la Red de Viveros de Biodiversidad A.C. en el ámbito socioambiental y de Colectivo Tomate en los procesos participativos, en coordinación con diversas áreas del Ayuntamiento de Mérida, entre ellas la Secretaría Técnica de Planeación, Seguimiento y Evaluación (STPSE), la Unidad de Medio Ambiente y Bienestar Animal (UMABA), el IMPLAN, la Dirección de Servicios Públicos y la Dirección de Desarrollo Social y Combate a la Pobreza.
A partir de este diagnóstico, se diseñaron acciones in situ acompañadas de un proceso de socialización comunitaria. Cerca de 80 jóvenes y vecinos de las colonias aledañas estuvieron en actividades de educación ambiental y procesos participativos que incluyeron talleres como el de jardín de lluvia, actividades lúdicas para infancias, charlas sobre la identidad del lugar, recorridos y experiencias compartidas, así como visitas organizadas para el avistamiento de aves. Estas acciones buscaron reconstruir el vínculo entre las personas y el parque, promoviendo su apropiación y cuidado colectivo.


En el ámbito ambiental, se realizaron capacitaciones a personal municipal en temas como manejo de erosión hídrica y árboles hábitat, con el objetivo de contar con criterios técnicos que permitan replicar estas soluciones basadas en la naturaleza en otros parques de Mérida. Como parte del proceso formativo, se desarrollaron un Rally de Biodiversidad y un jardín de polinizadores, fortaleciendo el aprendizaje práctico sobre biodiversidad urbana.
Entre las acciones de adaptación al cambio climático, se construyó un jardín de microcuenca para la gestión del agua de lluvia, desarrollado con el acompañamiento del IMPLAN, que permite captar, retener e infiltrar el agua pluvial. Asimismo, se implementó un biofiltro de bioingeniería alrededor del humedal, con acompañamiento técnico de GIZ México, orientado a controlar la erosión y mejorar la calidad del agua, favoreciendo la vida acuática.
Estas acciones se complementaron con procesos de reforestación, poda y mantenimiento del arbolado, la delimitación de áreas de fauna para su protección, conservación y monitoreo, así como la adaptación de árboles secos y riesgosos en nichos de biodiversidad, garantizando refugios para la fauna local. A ello se sumó la donación de 1,550 árboles nativos por parte de la iniciativa Nodos de Resiliencia de Cemex, fortaleciendo la infraestructura verde, la conectividad del parque y la mitigación del efecto de isla de calor urbano. Estos árboles representan una captura inicial de 0.3 toneladas de CO₂ al año y se estima que, para el quinto año, capturen 3 toneladas de CO₂ anuales, acumulando un total de 8.2 toneladas.

“En Comex nuestro objetivo es transformar comunidades, y para nosotros BioCorredor Poniente es un ejemplo de cómo, a través del trabajo colaborativo, recuperamos espacios públicos para convertirlos en lugares vivos, seguros y llenos de significado, que promueven la convivencia, la actividad física y la educación ambiental”, señaló Gretta González, gerente de Impacto Social de PPG Comex.
El proyecto también incorporó señalética y placas informativas que comunican la importancia del humedal, los parques hundidos y las soluciones basadas en la naturaleza, fortaleciendo la educación ambiental permanente y la comprensión del valor ecosistémico del sitio. En paralelo, se desarrolló una antesala deportiva y comunitaria de 1,250 m² y una intervención en piso que transformaron un área en desuso en un espacio multigeneracional para la convivencia, el descanso y la actividad física. El diseño conserva más del 60% de área verde y respeta la vegetación existente, organizándose en cinco zonas de uso comunitario.
“El BioCorredor Poniente reconoce la flora y fauna, propicia un espacio de convivencia en torno al respeto a la biodiversidad y contribuye a la salud física, mental y emocional de las personas”, señaló Gerardo González, director del Componente Proyecto Global CitiesAdapt – México.
La dimensión artística integró murales y placas como herramientas de educación ambiental y apropiación comunitaria. En total, se realizaron 449.18 m² de murales por cuatro artistas muralistas y 158.19 m² de juegos en piso, utilizando 224 litros de pintura y 18 aerosoles, con contenidos vinculados a la biodiversidad y la memoria natural del poniente de la ciudad.

En conjunto, BioCorredor Poniente benefició a 3,593 personas de manera directa y a 8,542 de forma indirecta. Más allá de las cifras, el proyecto deja un mensaje claro: en una ciudad donde muchos espacios han sido deforestados, impermeabilizados y fragmentados, todavía es posible resistir al deterioro ambiental mediante acciones concretas que restauren la naturaleza, fortalezcan el tejido comunitario y permitan volver a habitar el territorio desde el cuidado colectivo.
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