En un ritmo más pausado que el mantenido por años en el mar, los tres hermanos suben a una lancha. David maniobra el motor, mientras Julián y Pablo enlistan el material de la jornada. Tiempo atrás capturaban “todo lo que se les ponía enfrente”, pero hoy se dirigen a una parcela mar adentro, frente a Dzilam de Bravo, donde cultivan algas.
Los pescadores de esta pequeña localidad del sureste decidieron dejar temporalmente la pesca para apostar por una actividad rentable. Así se integraron a un proyecto de cultivo de algas rojas, transformadas en Mayan Moss, un producto utilizado para platillos en al menos 15 restaurantes de México. Estos casos demuestran las transiciones que podrían diversificar en mayor medida la economía local.
Los hermanos Broca Rodríguez son conocidos por sus alias en el municipio de Dzilam. Desde que estaban en la primaria, Julián “El Güero”, David “Broca” y Pablo “Clark Kent” (porque le gustaba mucho Superman) salían a pescar con su papá y en los últimos seis años se dedicaron al buceo artesanal con uso de compresora.
“Dejamos el buceo porque nos piden permiso y todo eso, nosotros no teníamos permiso. Entonces decidimos retirarnos”, describió Julián.
Salvo por la temporada de pulpo, desde el año pasado cultivan algas con el acompañamiento de Regenerative Ocean Project (ROP), dedicado al cultivo de macroalgas con diversos fines, en el que recolectan estos organismos, arman líneas de siembra y colocan tendederos bajo el agua.
El tipo de alga que se cultiva en la zona es (filo Rhodophyta), nativa de la región. Sin embargo, es la primera vez que se cosecha con fines de comercialización.

“La pesca ya ha escaseado mucho y con el cultivo de algas nos hemos dado cuenta de que es un trabajo tipo ‘de gota a gota’, trabajas todos los días de a poquito y tienes una ganancia segura. Ahora que viene la temporada de nortes pues uno no puede salir a pescar y en este caso, como está muy cerca de la playa podemos venir y trabajar un poco”, señaló David.
Desde que dejaron la pesca han notado una reducción significativa en el gasto de gasolina. El área de cultivo de algas se encuentra a unos 10 minutos mar adentro. Esto también disminuye los riesgos de navegación en condiciones adversas que, en ocasiones, derivan en naufragios.
“Hubo ocasiones que nos agarraron los nortes y a veces pensábamos que no íbamos a llegar porque había mucha marejada, siempre íbamos con temor”, agregó Pablo.
Aunque las algas han estado presentes en su vida, es la primera vez que conocen a profundidad sus beneficios y las posibilidades productivas que ofrecen.

“Antes no sabíamos realmente para qué servían. Sí recuerdo que jugábamos con ellas, las usábamos como peluca cuando salíamos a pescar, pero ahora sabemos toda la importancia”, añadió El Güero.
Juan Carlos Lapuente Landero, director de operaciones del equipo de ROP, explicó que el proyecto se desarrolla en dos hectáreas, donde se han sembrado 300 palos de zapote que sostienen las cuerdas en las que se colocan las algas bajo el agua.
“Aquí la idea es que vamos a producir 80 toneladas al año. En realidad, por ahora, es poco porque cuando esas toneladas se secan, se convierten en ocho toneladas. Por ahora nos estamos enfocando en la viabilidad técnica para comprobar que el cultivo es un negocio justo y, una vez comprobado, queremos escalar el proyecto a 50 hectáreas”, describió.

“Las algas tienen un elemento que se llama carragenina y muchos productos como la leche, la pasta dental y otros, tienen este aditivo. También tienen componentes que son ingredientes de helados, jamón, queso, coberturas de pan…”, enlistó Juan Carlos.
Para su explotación cuentan con permisos otorgados por la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca) para realizar acuacultura con algas y para la colecta de semillas reproductoras, aunque la intención futura será contar con un laboratorio propio.
La zona de cultivo se distingue fácilmente porque los palos de zapote sobresalen del mar. Además de los fines de siembra, son un beneficio adicional para las aves que se posan en ellos, pues su excreta funciona como nutriente para las algas y, a la vez, esta fauna alerta a las embarcaciones que circulan en la zona de la existencia de las algas.
El ciclo reproductivo de estos organismos abarca entre tres y cuatro meses, por lo que se prevé cosechar en plazos relativamente cortos.
Por ahora, la comercialización se ha realizado principalmente en restaurantes, gracias al financiamiento de la Fundación México Azul. A mediano plazo, estiman posicionarse en la industria del bienestar, la cosmética y el sector agrícola.

Paulina Sanela, directora de ROP México, destacó el potencial regenerativo de las algas como una alternativa económica para comunidades pesqueras, en un contexto donde las vedas son más largas y el recurso pesquero es cada vez menos accesible.
“Ellas absorben carbono, liberan oxígeno y son refugio para muchas maternidades de especies porque las larvas se quedan ahí. También vemos este proyecto como un sitio donde trabajan mujeres, personas adultas mayores y aquellas con discapacidad”, agregó.

Actualmente, el proyecto logró lanzar un producto denominado Mayan Moss, alga roja deshidratada que se conserva seca para uso culinario o nutricional y que se distribuye en 15 restaurantes de Baja California Sur, Ciudad de México y la Península de Yucatán.
El cultivo de macroalgas es considerado una práctica regenerativa porque captura carbono, filtra nutrientes, favorece la biodiversidad marina y no requiere fertilizantes, pesticidas ni agua dulce.
El proyecto trabaja bajo enfoques alineados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y marcos internacionales de economía azul regenerativa.
Mayan Moss se elabora bajo un modelo que asegura la restauración de ecosistemas marinos, la pureza del alga sin aditivos y una trazabilidad que permite conocer con precisión el origen del producto.
ROP ha sido impulsado en alianza con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y con Environmental Defense Fund de México (EDF México). En una siguiente fase, planean expandirse a Baja California Sur y a otras zonas de Yucatán como Sisal, Chabihau y San Felipe, donde los permisos ya se encuentran en trámite.
“Nuestro sistema de cultivo está pensado para ser replicable, escalable y de bajo impacto ambiental. Operamos en mar abierto bajo prácticas regenerativas, adaptadas a las condiciones específicas de las costas mexicanas. En ROP asumimos un compromiso con la salud de los océanos, el fortalecimiento de las comunidades costeras y el bienestar colectivo”, señaló Paulina.
* Este artículo fue originalmente publicado en Causa Natura Media.
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