Lun. Ene 26th, 2026

La custodia no es una victoria, es una responsabilidad

Cuando un juez pronuncia la palabra custodia, hay quienes la escuchan como un trofeo. Como si alguien hubiera ganado una batalla y otro la hubiera perdido. Yo no. Yo la escuché como se escuchan las cosas grandes: con miedo, con silencio y con un peso nuevo cayendo sobre los hombros.

Porque la custodia no se celebra. Se asume.

Ser padre soltero con custodia no significa haber “vencido” a nadie. No es una medalla ni una revancha. Es, en el mejor de los casos, la confirmación de que ahora eres el adulto principal en la vida cotidiana de alguien que depende de ti para todo: comer, dormir, llegar a tiempo, aprender, sentirse seguro.

La primera noche que mis hijos se quedaron a dormir conmigo sin fecha de regreso, entendí eso con claridad. No hubo euforia. Hubo una lista mental interminable: ¿mañana hay escuela?, ¿dónde está el uniforme?, ¿qué comen?, ¿quién los cuida si me enfermo?, ¿qué hago si no puedo con todo?

La custodia no te da poder; te quita excusas.

De pronto, ya no hay con quién turnarse el cansancio. No hay a quién delegar lo urgente. No hay “luego lo vemos”. Cada decisión —desde la más mínima hasta la más importante— pasa por ti. Y aunque nadie te lo diga, sabes que cada error pesa el doble.

También llega el juicio externo. El “qué suerte tuviste”. El “ganaste”. El “al menos tú te quedaste con ellos”. Frases que no alcanzan a ver lo evidente: que quedarse no es lo mismo que cargar. Que la presencia permanente exige una energía emocional que no se ve en las fotos.

Y aun así, hay una trampa peligrosa: usar la custodia como argumento moral. Como si tenerla te hiciera mejor padre o peor expareja al otro. Como si automáticamente te colocara del lado correcto de la historia. Nada más lejos de la realidad.


La custodia no cancela al otro progenitor. No borra su lugar. No te convierte en dueño de los hijos. Te convierte en guardián de su estabilidad.


Eso implica algo difícil de aceptar: cuidar el vínculo con quien no está. Facilitar llamadas. Respetar tiempos. No hablar desde el rencor. No usar la cercanía diaria como ventaja emocional. Porque los hijos no son territorio conquistado, son personas en formación.

Ser padre soltero con custodia es aprender a sostener sin aplastar. A poner límites sin autoritarismo. A pedir ayuda sin sentir que fallaste. A reconocer que no siempre puedes solo, aunque muchas veces no tengas opción.

La verdadera responsabilidad no está en firmar documentos ni en ganar juicios, sino en levantarte cada día con la misma constancia. En ser estable cuando todo se mueve. En no convertir tu cansancio en reproche. En entender que nadie te debe aplausos por hacer lo que corresponde.

La custodia no es una victoria porque no hay un enemigo derrotado. Hay, en todo caso, una infancia que necesita adultos a la altura.

Y eso, más que ganar, es un compromiso que se renueva todos los días.

Nos leemos la próxima semana

Andrés Ugalde Rivas.- Soy padre de dos hijos, abogado, docente universitario, y constante cuestionador de la masculinidad actual. Amo a Sansón y Dalila mis perros, y me gusta el ciclismo y nadar.

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