El antojo de azúcar no es falta de fuerza de voluntad
Abrir la alacena “solo para ver” y terminar con una galleta en la mano es una escena más común de lo que nos gusta admitir. Pasa después de comer, pasa por la noche, pasa cuando estamos cansados, estresados o tristes. Y casi siempre viene acompañado de una culpa automática: “no tengo fuerza de voluntad”. Como si el antojo fuera un defecto moral y no una señal del cuerpo.
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